cicloC 2La Sagrada Escritura ha sido dividida, desde el Concilio Vaticano II, en tres ciclos completos de lecturas, de tal manera que quien asistiera a Misa todos los días, durante tres años seguidos, conseguiría escuchar casi toda la Palabra de Dios.

ADVIENTO
NAVIDAD
TIEMPO ORDINARIO
CUARESMA
SEMANA SANTA
PASCUA

 

ADVIENTO


Primera Semana
Domingo Verán al Hijo del hombre con gran poder y gloria. Lucas 21, 25-28. 34-36.
Lunes El siervo del centurión. Mateo 8, 5-11
Martes Has revelado grandes cosas a los pequeños. Lucas 10, 21-24.
Miércoles Segunda multiplicación. Mateo 15, 29-37.
Jueves Edificar la casa sobre roca. Mateo 7, 21. 24-27.
Viernes Y se les abrieron sus ojos. Mateo 9, 27-31.
Sábado Misión de los discípulos. Mateo 9, 35. 10, 1. 6-8.

Segunda Semana
Domingo Preparando el Nacimiento . Lucas 3,1-6.
Lunes Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Lucas 5, 17-26.
Martes La oveja descarriada. Mateo 18, 12-14.
Miércoles Vengan a mí todos los que están fatigados. Mateo 11, 28-30.
Jueves Juan Bautista, el precursor Mateo 11, 11-15.
Viernes Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado. Mateo 11, 16-19.
Sábado Les aseguro que no lo reconocieron. Mateo 17, 10-13.

Tercera Semana
Domingo Adviento, la espera de la alegría. Lucas 3,10-18.
Lunes ¿Con qué autoridad haces esto?. Mateo 21, 23-27.
Martes El cumplimiento de la Voluntad de Dios. Mateo 21, 28-32.
Miércoles Anuncien a todos lo que han visto y oido. Lucas 7, 19-23.
Jueves Envío mi mensajero delante de ti, para prepar tu camino Lucas 7, 24-30.
Viernes Juan era la lámpara que ardía y brillaba Juan 5, 33-36.
Día 17 Diciembre Genealogía del Salvador. Mateo 1, 1-17.
Día 18 Diciembre Anuncio del ángel a José. Mateo 1, 18-24.
Día 19 Diciembre Anunciación del Precursor. Lucas 1, 5-25.
Día 20 Diciembre La Anunciación de Jesús. Lucas 1, 26-38.
Día 21 Diciembre Visita de la Virgen a Isabel. Lucas 1, 39-45.
Cuarto Domingo de Adviento Preparando el Nacimiento con María. Lucas 1, 39-45.
Día 22 Diciembre El Magníficat. Lucas 1, 46-56.
Día 23 Diciembre Nacimiento Juan Bautista. Lucas 1, 57-66.
Día 24 Diciembre Dios redime a su pueblo. Lucas 1, 67-79.

 

NAVIDAD


Día 26 Diciembre "No se preocupen". Mateo 10,17-22.
Día 27 Diciembre Pedro y Juan en el sepulcro. Juan 20, 2-8.
Día 28 Diciembre Los Santos Inocentes. Mateo 2, 13-18.
Día 29 Diciembre Presentación en el templo. Lucas 2, 22-35.
Día 30 Diciembre En el Templo con la profetisa Ana. Lucas 2, 36-40.
Día 31 Diciembre La Palabra se hizo carne. Juan 1, 1-18.
Día 2 Enero Primer testimonio de Juan. Juan 1, 19-28.
Día 3 Enero Segundo testimonio de Juan. Juan 1, 29-34.
Día 4 Enero Los discípulos de Juan. Juan 1, 35-42.
Día 5 Enero Vocación de Felipe y Natanael. Juan 1, 43-51.
Segundo Domingo después Navidad Epifanía Mateo 2, 1-12.
Día 7 Enero Jesús predica en Galilea. Mateo 4, 12-17. 23-25.
Día 8 Enero Multiplicación de los panes. Marcos 6, 34-44.
Día 9 Enero Jesús camina por el mar. Marcos 6, 45-52.
Día 10 Enero Jesús en la sinagoga. Lucas 4, 14-22.
Día 11 Enero Curación de un leproso. Lucas 5, 12-16.
Día 12 Enero Tercer testimonio de Juan. Juan 3, 22-30.

 

CUARESMA


Miércoles de Ceniza Tu Padre que está en lo secreto. Mateo 6, 1-6. 16-18.
Jueves Su alguno quiere venir en pos de mí. Lucas 9, 22-25.
Viernes ¿Por qué tus discípulos no ayunan?. Mateo 9, 14-15.
Sábado No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Lucas 5, 27-32.

1o. Semana de Cuaresma
Domingo El demonio ¿Sólo un mito?. Lucas 4, 1-13.
Lunes El juicio final. Marcos 25, 31-46.
Martes Jesús nos enseña a orar. Mateo 6, 7-15.
Miércoles La muchedumbre pide una señal. Lucas 11, 29-32.
Jueves Eficacia de la oración. Mateo 7, 7-12.
Viernes Perdón de las ofensas. Mateo 5, 20-26.
Sábado El amor a los enemigos. Mateo 5, 43-48.

2o. Semana de Cuaresma
Domingo La Transfiguración. Lucas 9, 28-36.
Lunes No juzguen y no serán juzgados. Lucas 6, 36-38.
Martes Escribas y fariseos hipócritas. Mateo 23, 1-12.
Miércoles Tercer anuncio de Pasión. Mateo 20, 17-28.
Jueves El rico Epulón y el pobre Lázaro. Lucas 16, 19-31.
Viernes Parábola de los viñadores infieles. Mateo 21, 33-43. 45-46.
Sábado Parábola del hijo pródigo. Lucas 15, 1-3. 11-32.

3o. Semana de Cuaresma
Domingo Invitar a la penitencia. Lucas 13, 1-9.
Lunes Jesús en Nazaret. Lucas 4, 24-30.
Martes El perdón de las ofensas. Mateo 18, 21-35.
Miércoles Jesús ante la Ley. Mateo 5, 17-19. Mateo 5, 17-19.
Jueves El poder sobre los demonios. Lucas 11, 14-23.
Viernes El primer precepto. Marcos 12, 28-34.
Sábado El fariseo y el publicano. Lucas 18, 9-14.

4o. Semana de Cuaresma
Domingo Parábola del hijo pródigo. Lucas 15, 1-3. 11-32.
Lunes Regreso a Galilea. Juan 4, 43-54.
Martes Curación de un paralítico. Juan 5, 1-3. 5-16.
Miércoles El Hijo actua en unión con el Padre. Juan 5, 17-30.
Jueves Testimonio del Hijo. Juan 5, 31-47.
Viernes Origen divino del Mesías. Juan 7, 1-2. 10. 25-30.
Sábado Diversos pareceres sobre Jesús. Juan 7, 40-53.

5o. Semana de Cuaresma
Domingo La mujer adúltera. Juan 8, 1-11.
Lunes Jesús, luz del mundo. Juan 8, 12-20.
Martes Yo no soy de éste mundo. Juan 8, 21-30.
Miércoles La verdad os hará libres. Juan 8, 31-42.
Jueves Es mi Padre quien me glorifica. Juan 8, 51-59.
Viernes Las obras buenas vienen de mi Padre. Juan 10,31-42.
Sábado Conviene que uno muera por todos. Juan 11, 45-56.

 

 

SEMANA SANTA


Domingo de Ramos. Lucas 22, 14-23.56.
Lunes Santo El arrepentimiento de María Magdalena. Juan 12, 1-11.
Martes Santo Anuncio de la traición. Juan 13, 21-33. 36-38.
Miércoles Santo La traición de Judas. Mateo 26, 14-25.

 

 

PASCUA


Triduo Pascual
Jueves Santo Lavatorio de los pies. Juan 13, 1-15.
Viernes Santo Prisión de Jesús. Juan 18, 1-40. 19, 1-42.
Sábado Santo La mañana de Pascua. Marcos 16, 1-7.

 

1o. Semana de Pascua
Domingo de Resurrección. Juan 20, 1-9.
Lunes La mañana de Pascua. Mateo 28, 8-15.
Martes Jesús se aparece a María Magdalena. Juan 20, 11-18.
Miércoles En el camino de Emaús. Lucas 24, 13-35.
Jueves Aparición de Jesús a los discípulos. Lucas 24, 35-48.
Viernes Tercera aparición a los discípulos. Juan 21, 1-14.
Sábado Apariciones de Jesús a sus discípulos. Marcos 16, 9-15.

2o. Semana de Pascua
Domingo Tú también te llamas Tomás. Juan 20, 19-31.
Lunes Visita de Nicodemo. Juan 3, 1-8.
Martes Visita a Nicodemo. Juan 3, 7-15.
Miércoles Dios mandó a su Hijo para salvar al mundo. Juan 3, 16-21.
Jueves Tercer testimonio de Juan. Luan 3, 31-36.
Viernes Multiplicación de los panes. Juan 6, 1-15.
Sábado Jesús camina sobre el agua. Juan 6, 16-21.

3o. Semana de Pascua
Domingo Jesús resucitado con sus discípulos. Juan 21, 1-19.
Lunes La muchedumbre en busca de Jesús. Juan 6, 22-29.
Martes Creer en Jesucristo. Juan 6, 30-35.
Miércoles Yo soy el Pan de Vida. Juan 6, 35-40.
Jueves Si comes este pan, vivirás para siempre. Juan 6, 44-51.
Viernes El Pan Eucarístico. Juan 6, 52-59.
Sábado Señor, tienes palabras de vida eterna. Juan 6, 60-69.

4o. Semana de Pascua
Domingo La historia el Pastor y las ovejas. Juan 10, 27-30.
Lunes El Pastor y el rebaño. Juan 10, 1-10.
Martes Jesús uno con su Padre. Juan 10, 22-30.
Miércoles Necesidad de creer en Jesús. Juan 12, 44-50.
Jueves Si me conoces a mi, conoces al Padre. Juan 13, 16-20.
Viernes Jesús nos prepara una morada. Juan 14, 1-6.
Sábado Muestranos al Padre. Juan 14, 7-14.

5o. Semana de Pascua
Domingo La novedad de este mandamiento. Juan 13, 31-33. 34-35.
Lunes Voy a mandar al Espíritu Santo. Juan 14, 21-26.
Martes Jesús da la paz a sus discípulos. Juan 14, 27-31.
Miércoles Yo soy la vid verdadera. Juan 15, 1-8.
Jueves El gozo de Jesús. Juan 15, 9-11.
Viernes Los discípulos, amigos de Jesús. Juan 15, 12-17.
Sábado Odio del mundo contra Jesús y los suyos. Juan 15, 18-21.

6o. Semana de Pascua
Domingo La tristeza de una despedida. Juan 14, 23-29.
Lunes Anuncio sobre lo que ha de pasar. Juan 15, 26. 16,4.
Martes La promesa del Espíritu Santo. Juan 16, 5-11.
Miércoles Hasta la verdad completa. Juan 16, 12-15.
Jueves El gozo tras la tristeza. Juan 16, 16-20.
Viernes La existencia de la vida eterna. Juan 16, 20-23.
Sábado Pedid y recibireis. Juan 16, 23-28.

7o. Semana de Pascua
Domingo de la Ascensión. La Ascensión. Lucas 24, 46-53
Lunes Yo he vencido al mundo. Juan 16,29-33.
Martes Jesús ora al Padre por sí mismo. Juan 7, 1-11.
Miércoles Jesús ruega al Padre por sus discípulos. Juan 17, 11-19.
Jueves Ruega por todos los creyentes. Juan 17, 20-26.
Viernes La triple negación de Pedro. Juan 21, 15-19.
Sábado El discípulo amado. Juan 21, 20-25.

 

 

TIEMPO ORDINARIO


1o. Semana
Domingo La maravilla de ser hijos de Dios. Lucas 3, 15-16. 21-22.
Lunes Venid conmigo y os haré pescadores de hombres . Marcos 1, 14-20.
Martes Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen . Marcos 1, 21-28.
Miércoles Curación suegra de Pedro. Marcos 1, 29-39.
Jueves Curación de un leproso. Marcos 1, 40-45.
Viernes Curación paralítico. Marcos 2, 1-12.
Sábado Vocación de Mateo. Marcos 2, 13-17.

2o. Semana
Domingo Las bodas de Caná. Juan 2, 1-12.
Lunes Discípulos de Juan no ayunan. Marcos 2, 18-22.
Martes La observancia del sábado. Marcos 2, 23-28.
Miércoles Curación de un enfermo en sábado. Marcos 3, 1-6.
Jueves Predicación y curación de enfermos. Marcos 3, 7-12.
Viernes Elección de los doce apóstoles. Marcos 3, 13-19.
Sábado Jesús predica el Evangelio. Marcos 3, 20-21.

3o. Semana
Domingo El Espíritu está sobre mí. Lucas 1,1-4. 4,14-21.
Lunes Pecado contra el Espíritu Santo. Marcos 3, 22-30.
Martes ¿Quiénes son mi madre y hermanos?. Marcos 3, 31-35.
Miércoles Parábola del sembrador. Marcos 4, 1-20.
Jueves Dar a conocer el Reino de Dios. Marcos 4, 21-25.
Viernes La semilla que crece. Marcos 4, 26-34.
Sábado La tempestad calmada. Marcos 4, 35-40.

4o. Semana
Domingo Jesús en Nazaret. Lucas 4, 21-30.
Lunes Curación de un poseído. Marcos 5, 1-20.
Martes Curación de enfermos por su fe. Marcos 5, 21-43.
Miércoles Ninguno es profeta en su tierra. Marcos 6, 1-6.
Jueves La misión de los apóstoles. Marcos 6, 7-13.
Viernes Muerte de Juan el Bautista. Marcos 6, 14-29.
Sábado Como ovejas sin pastor. Marcos 6, 30-34.

5o. Semana
Domingo La pesca milagrosa. Lucas 5,1-11.
Lunes Jesús en Genesaret. Marcos 6, 53-56.
Martes Las tradiciones de los fariseos. Marcos 7, 1-13.
Miércoles La verdadera pureza. Marcos 7, 14-23.
Jueves La mujer cananea. Marcos 7, 24-30.
Viernes Curación de un sordo y tartamudo. Marcos 7, 31-37.
Sábado Segunda multiplicación de los panes. Marcos 8, 1-10.

6o. Semana
Domingo Las bienaventuranzas. Lucas 6,17. 20-26.
Lunes Los fariseos piden una señal. Marcos 8, 11-13.
Martes ¿Aún no entendeis?. Marcos 8, 14-21.
Miércoles Curación de un ciego. Marcos 8, 22-26.
Jueves Confesión de Pedro. Marcos 8, 27-33.
Viernes Condiciones para seguir a Jesús. Marcos 8, 34-39.
Sábado La Transfiguración de Jesús. Marcos 9, 2-13.

7o. Semana
Domingo El amor hacia los enemigos. Lucas 6, 27-38.
Lunes Curación de un epiléptico. Marcos 9, 14-29.
Martes El primero es el último de todos. Marcos 9, 30-37.
Miércoles Invocación del nombre de Jesús. Marcos 9, 38-40.
Jueves Ustedes son la sal del mundo. Marcos 9, 40-49.
Viernes La cuestión del divorcio. Marcos 10, 1-12.
Sábado Jesús y los niños. Marcos 10, 13-16.

8o. Semana
Domingo. Lucas 6, 39-45.
Lunes El peligro de las riquezas. Marcos 10, 17-27.
Martes Recompensa a los que dejan todo. Marcos 10, 28-31.
Miércoles Petición de los discípulos. Marcos 10, 32-45.
Jueves Ciego de Nacimiento. Marcos 10, 46-52.
Viernes Marcos 11, 11-26.
Sábado Los poderes de Jesús. Marcos 11, 27-33.

9o. Semana
Domingo. Lucas 7, 1-10.
Lunes Parábola de los viñadores. Marcos 12, 1-12.
Martes El tributo al Cesar. Marcos 12, 13-17.
Miércoles Acerca de la resurrección. Marcos 12, 18-27.
Jueves Ama a tu prójimo. Marcos 12, 28-34.
Viernes Origen del Mesias. Marcos 12, 35-37.
Sábado Generosidad de la viuda. Marcos 12, 38-44.

10o. Semana
Domingo.
Lunes Las bienaventurazas. Mateo 5, 1-12.
Martes Misión de los discípulos en la tierra. Mateo 5, 13-16.
Miércoles Jesús ante la ley antigua. Mateo 5, 17-19.
Jueves Perdón de las ofensas. Mateo 5, 20-26
Viernes Declaración del sexto precepto. Mateo 5, 27-32.
Sábado Declaración del segundo precepto. Mateo 5, 33-37.

11o. Semana
Domingo La pecadora arrepentida. Lucas 7, 36. 8,3.
Lunes Ojo por ojo, diente por diente. Mateo 5, 38-42.
Martes El amor a los enemigos. Mateo 5, 43-48.
Miércoles Rectitud de intención. Mateo 6, 1-6. 16-18.
Jueves Dios sabe lo que necesitamos. Mateo 6, 7-15.
Viernes Acumular riquezas en el cielo. Mateo 6, 19-23.
Sábado Dios y las riquezas. Mateo 6, 24-34.

12o. Semana
Domingo Una encuesta, un compromiso, un misterio. Lucas 9, 18-24.
Lunes El juicio sobre los otros. Mateo 7, 1-5.
Martes La Ley de la Caridad. Mateo 7,6. 12-14.
Miércoles Falsos profetas. Mateo 7, 15-20.
Jueves Casa construida sobre roca. Mateo 7, 21-29.
Viernes Curación de un leproso. Mateo 8, 1-4.
Sábado El siervo del centurión. Mateo 8, 5-17.

13o. Semana
Domingo Jesús ¿Radical o intolerante? Lucas 9, 51-62.
Lunes Condiciones para seguir a Jesús. Mateo 8, 18-22.
Martes Jesús duerme en la barca. Mateo 8, 23-27.
Miércoles Curación de dos endemoniados. Mateo 8, 28-34.
Jueves Curación del paralítico. Mateo 9, 1-8.
Viernes Los sanos no necesitan médico. Mateo 9, 9-13.
Sábado Vino nuevo en odres nuevos. Mateo 9, 14-17.

14o. Semana
Domingo ¿Yo también puedo ser misionero? Lucas 10, 1-12. 17-20.
Lunes La resurrección de una niña. Mateo 9, 18-26.
Martes Curación de un mudo. Mateo 9, 32-38.
Miércoles Misión y poderes a los doce. Mateo 10, 1-7.
Jueves Instrucción a los doce. Mateo 10, 7-15.
Viernes Nueva instrucción a los apóstoles. Mateo 10, 16-23.
Sábado Más instrucciones a los apóstoles. Mateo 10, 24-33.

15o. Semana
Domingo ¿Quién es buen samaritano? Lucas 10, 25-37.
Lunes No he venido a traer paz. Mateo 10, 34-42. 11,1.
Martes Amenaza a las ciudades infieles. Mateo 11, 20-24.
Miércoles Acción de gracias al Padre. Mateo 11, 25-27.
Jueves Manso y humilde de corazón. Mateo 11, 28-30.
Viernes Quiero misericordia y no sacrificio. Mateo 12, 1-8.
Sábado Mansedumbre del Mesias. Mateo 12, 14-21.

16o. Semana
Domingo La sabiduría de la hermana mayor. Lucas 10, 38-42.
Lunes El juicio de los fariseos. Mateo 12, 38-42.
Martes Los parientes de Jesús.Mateo 12, 46-50.
Miercoles El Sembrador. Mateo 13, 1-9.
Jueves El sentido de las parábolas. Mateo 13, 10-17.
Viernes Explicación de la parábola. Mateo 13, 18-23.
Sábado El trigo y la cizaña. Mateo 13, 24-30.

17o. Semana
Domingo Parábola del amigo inoportuno. Lucas 11, 1-13.
Lunes El grano de mostaza. Mateo 13, 31-35.
Martes La semilla y la cizaña. Mateo 13, 36-43.
Miércoles Parábolas del tesoro y la perla. Mareo 13, 44-46.
Jueves Parábola de la red. Mateo 13, 47-53.
Viernes Nadie es profeta en su tierra. Mateo 13, 54-58.
Sábado Muerte de Juan el Bautista. Mateo 14, 1-12.

18o. Semana
Domingo ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma. Lucas 12, 13-21.
Lunes La multiplicación de los panes. Mateo 14, 13-21.
Martes Jesús camina sobre las aguas. Mateo 14, 22-36.
Miércoles Mujer que grande es tu fe. Mateo 15, 21-28.
Jueves La confesión de Pedro. Mateo 16 13-23.
Viernes Seguir a Cristo. Mateo 16, 24-28.
Sábado El endemoniado epiléptico. Mateo 17, 14-20.

19o. Semana
Domingo La vigilancia del hombre sabio. Lucas 12, 32-48.
Lunes El tributo de templo. Mateo 17, 22-27.
Martes El más grande en el cielo. Mateo 18, 1-5. 10, 12-14.
Miércoles Todo lo que ates en la tierra. Mateo 18, 15-20.
Jueves Setenta veces siete. Mateo 18,21 19,1.
Viernes Lo que Dios unió. Mateo 19, 3-12.
Sábado Jesús bendice a los niños. Mateo 19, 13-15.

20o. Semana
Domingo He venido a traer fuego a la tierra. Lucas 12, 49-53.
Lunes El joven rico. Mateo 19, 16-22.
Martes La renuncia de los apóstoles y su premio. Mateo 19, 23-30.
Miércoles Parábola de los trabajadores de la viña. Mateo 20, 1-16.
Jueves Parábola del banquete nupcial. Mateo 22, 1-14.
Viernes Amarás a Dios con todo tu corazón. Mateo 22, 34-40.
Sábado Escribas y fariseos. Mateo 23, 1-12.

21o. Semana
Domingo ¡Entrad por la puerta estrecha! Lucas 13, 22-30.
Lunes Maldiciones contra escribas y fariseos. Mateo 23, 13-22.
Martes El encuentro con Natanael. Mateo 23, 23-26.
Miércoles Sepulcros blanqueados. Mateo 23, 27-32.
Jueves ¡Estad en vela!. Mateo 24, 42-51.
Viernes Parábola de las diez vírgenes. Mateo 25, 1-13.
Sábado Parábola de los talentos. Mateo 25, 14-30.

22o. Semana
Domingo ¿Máscara o pavoreal?. Lucas 14,1. 7-14.
Lunes Jesús en Nazaret. Lucas 4, 16-30.
Martes En la sinagoga de Cafarnaum. Lucas 4, 31-37.
Miércoles Curación de la suegra de Pedro. Lucas 4, 38-44.
Jueves La pesca milagrosa.
Viernes Los discípulos y el ayuno. Lucas 5, 32-39.

 

26o. Semana
Domingo El rico y Lázaro.Lucas 16, 19-31.Lucas 16, 19-31.


Lunes Cuidado con la avaricia. Lucas 12, 13-21.
Martes Necesidad de vigilancia. Lucas 12, 35-38.
Miércoles Fiel a la voluntad de Dios. Lucas 12, 39-48.
Jueves No he venido a traer paz. Lucas 12, 49-53.
Viernes Signos de los tiempos. Lucas 12, 54-59.
Sábado La higuera estéril. Lucas 13, 1-9.

30o. Semana
Domingo ¿Fariseo o publicano? Lucas 18, 9-14.
Lunes Una curación en sábado. Lucas 13, 10-17.
Martes La semilla de mostaza y la levadura. Lucas 13, 18-21.
Miércoles La puerta estrecha. Lucas 13, 22-30.
Jueves Herodes quiere matarle. Lucas 13, 31-35.
Viernes Jesús cura en sábado. Lucas 14, 1-6.
Sábado Invitación a la humildad. Lucas 14, 1. 7-11.

31o. Semana
Domingo Un "pez gordo". Lucas 19, 1-10.
Lunes Elección de los invitados. Lucas 14, 12-14.
Martes Los invitados se excusan. Lucas 14, 15-24.
Miércoles Renunciar a todo. Lucas 14, 25-33.
Jueves La oveja perdida. Lucas 15, 1-10.
Viernes El administrador astuto. Lucas 16, 1-8.
Sábado Buen uso de las riquezas. Lucas 16, 9-15.

32o. Semana
Domingo¡Dios de vivos! Lucas 20, 27-38.
Lunes Fe como un grano de mostaza. Lucas 17, 1-6.
Martes Siervos inútiles ante el Señor. Lucas 17, 7-10.
Miércoles Curación de diez leprosos. Lucas 17, 11-19.
Jueves El Reino de Dios entre nosotros. Lucas 17, 20-25.
Viernes Venida del Reino de Dios. Lucas 17, 26-37.
Sábado Parábola del juez corrupto. Lucas 18, 1-8.

33o. Semana
Domingo¿Cuándo llegará el fin del mundo? Lucas 21, 5-19.
Lunes El ciego de Jericó. Lucas 18, 35-43.
Martes Conversión de Zaqueo. Lucas 19, 1-10.
Miércoles Parábola de los talentos. Lucas 19, 11-28.
Jueves Jesús llora sobre Jerusalén. Lucas 19, 41-44.
Viernes Expulsión de los mercaderes.Lucas 19, 45-48.
Sábado La resurrección de los muertos. Lucas 20, 27-40.

34o. Semana
Domingo Cristo Rey Un Rey "perdedor" Lucas 23, 35-43.
Lunes La viuda de las dos monedas. Lucas 21, 1-4.
Martes La hermosura del templo. Lucas 21, 5-11.
Miércoles Persecución de los discípulos. Lucas 21, 12-19.
Jueves La ruina de Jerusalén. Lucas 21, 20-28.
Viernes Señales de la proximidad del Reino. Lucas 21, 29-33.
Sábado Estad siempre alertas. Lucas 21, 34-36.

 

 

 

XIX Dom Ord cicloC

Lucas 12:35-40 Descargar PDF

35 «Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas,
36 y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran.
37 Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá.
38 Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos!
39 Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa.
40 También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre.»

 

Para comprender la Palabra

El capítulo 11 de Lucas, situado en pleno relato del viaje de Jesús a Jerusalén, es una recopilación de enseñanzas diversas dirigidas a los discípulos. En el fragmento que se lee hoy se habla, en primer lugar, de la libertad interior respecto a las riquezas. Es continuación de la temática del domingo pasado pero formulado de forma positiva; en lugar de prohibir acumular riqueza, hoy se exhorta a desprenderse de ellas. Jesús invita, como hace a menudo, a poner el corazón y la confianza en Dios, y no en las riquezas terrenales. El mejor uso que se puede hacer de los bienes materiales no es acumularlos, sino repartirlos entre los necesitados. O sea, que no basta no preocuparse por las cosas de cada día, sino que es necesario desprednderse de los bienes y darlos en limosna. La idea de que las riquezas se utilicen para la salvación la encontramos en los libros sapienciales (cf. Pr 2,4; 8,21; 21,20). Aquí se establece una conexión entre la limosna dada al prójimo y el tesoro acumulado ante Dios. Jesús quiere decir que, a diferencia de los bienes terrenos que se pueden perder, los tesoros celestes no corren ningún peligro. Las obras buenas son tesoros conservados en los cielos.


La mayor parte del texto, sin embargo, se centra en otra actitud fundamental del creyente: la vigilancia atenta y activa ante la incertidumbre del fin. La preocupación por conocer cuándo y cómo se producirá el fin del mundo ha estado siempre presente en la historia humana, también entre los creyentes. Cada vez que se plantea esta inquietud, el NT responde del mismo modo: en primer lugar, con la afirmación de que es imposible conocer el momento del fin, y a continuación con la invitación a estar siempre a punto. Esta recomendación se resumen en un término lleno de significado: velar.


Jesús llama a sus discípulo “Rebañito mío” invitándolos a no temer y asegurándoles la posesión del Reino. Son un pequeño rebaño a causa de la condición de minoría y de impotencia en la sociedad. Poseerán el Reino en la medida que pongan sus bienes a disposición de los demás confiando en Dios, Señor de la creación y Padre providente.


Concretamente el texto de Lucas contiene hasta tres parábolas, dos muy breves y otra más detallada habla de un amo que vuelve de la fiesta de una boda, y que encuentra a los criados esperándolo, tal como era su obligación; la reacción del dueño, que hace sentar a los criados a la mesa y les sirve, es poco verosímil como descripción de lo que pasaba en la realidad, pero responde muy bien a la actitud de Jesús, que no ha venido a ser servido, sino a servir. Puede también aludir a la recompensa escatológica prometida por Jesús a sus siervos fieles y vigilantes.


La segunda pequeña parábola, la del dueño de casa que no sabe a qué hora vendrá el ladrón (presente también en Mateo 24, 43-44), quiere hacer entender que el retorno definitivo del Señor es imprevisible. El acento está puesto en lo inesperado y sorpresivo del evento. La única garantía de defensa es la vigilancia del dueño de la casa. Así irrumpe Dios en la historia, así volverá un día el Señor. Los discípulos deben vivir a la espera del Hijo del hombre sin dejarse vencer por la indiferencia o el cansancio.


La parábola del administrador fiel o infiel (que tiene igualmente un paralelo en Mt 24, 45-51) pone más el acento en la fidelidad. El pequeño diálogo introductorio entre Jesús y Pedro sugiere que la parábola se dirige especialmente a los responsables de la comunidad, que reciben de Jesús el encargo de velar fielmente por las personas que les son encomendadas, mientras no llega el tiempo del fin. Si cumplen con la misión que les fue encomendada, serán dichosos; si descuidan su tarea y actúan deshonestamente serán condenados. Lucas piensa en el autoritarismo, la búsqueda de los propios intereses y la inmoralidad.

 

Para escuchar la Palabra
El seguidor de Jesús es alguien consciente de que tiene que vivir no en función de lo material, sino en función de las cosas del Reino. Esta conciencia lo empuja a estar siempre vigilante y a atender con responsabilidad y fidelidad los asuntos que se le han encargado como administrador. Se insiste en “estar preparados”. Si ahora viniera ¿me encontraría con “la cintura ceñida y las lámparas encendidas”? ¿Creo que mi corazón está ocupado con las cosas de Dios o mis tesoros son otras cosas?


Jesús, el maestro, nos invita a revisar dónde tenemos nuestro corazón y a liberarlo de todo lo accesorio. Estoy llamado a acumular lo que vale para Dios y nunca pierde valor. ¿Cuáles serán las mayores dificultades que encuentro para mantenerme vigilante ante la llamada del Señor? ¿Cómo podríamos ayudarnos unos a otros en este aspecto?

 

Para orar con la Palabra
Señor aviva mi esperanza. Que ningún afán de tener bienes materiales hoy nuble mi horizonte de poseerte mañana. Que esperándote pueda cultivar un corazón desprendido y generoso. He constatado varias veces que cuando estoy inseguro y miedoso quiero aferrarme a las cosas como si de éstas me viniera seguridad y valor. Ayúdame a entender que estás por venir no para premiar a quien más cosas haya logrado acumular sino a quien más atento en la espera se mantenga. Yo quiero ser tu discípulo reconocido. Saber que vendrás me libera del afán de acumular bienes y me liberará para Ti, único bien. Estaré revisándome para estar preparado. No vaya a ser que inconscientemente y por inercia me esté llenando de los bienes que no me puedo llevar. Y que lo que ahora tengo me sirva para hacerme día a día más rico de lo que vale ante Ti.

 

 

 

XVIII Dom Ord cicloC

Lucas 12:13-21 Descargar PDF

13 Uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo.»
14 El le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?»
15 Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes.»
16 Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto;
17 y pensaba entre sí, diciendo: "¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?"
18 Y dijo: "Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes,
19 y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea."
20 Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?"
21 Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios.»

 

Para comprender la Palabra

 

El pasaje del evangelio de hoy propio de Lucas insiste en esta advertencia desde las enseñanzas de Jesús: de poco vale atesorar en este mundo cuando no se es rico ante Dios. De entrada tiene un marcado carácter singularista, como respuesta a “uno del público” que interpela a Jesús; pero en realidad se trata de un tema que afecta a “cualquier hombre”.

Por el camino que lleva a Jerusalén, el Maestro va ofreciendo a sus discípulos una pausada instrucción sobre el sentido y las exigencias del discipulado. El tema para la enseñanza de hoy lo provoca un hombre que pide la intervención autorizada de Jesús en una disputa sobre cuestiones de herencia. El Maestro toca el fondo de la cuestión. Descubre que la herencia del padre ha desatado la ambición y la avaricia entre los hermanos, suscitando la división entre ellos. Sus palabras, más allá de la circunstancia concreta que las ha motivado, se refieren a la actitud que sus seguidores deben mantener frente a las posesiones materiales.

Jesús se niega a entrar en la desavenencia familiar de aquella persona anónima, pero deja clara su posición ante sus discípulos, de modo que la advertencia del v. 15 queda ilustrada con una parábola. En ella se habla de un hombre que, en año de abundancia, ve prosperar su situación. El diálogo que mantiene consigo mismo desvela sus prioridades, sus preocupaciones en la vida.

El centro de esta persona es sus bienes extraídos de la cosecha que se convierte en un porvenir egoísta. Sólo piensa en disfrutar él solo de la vida presente, como si ésta fuera algo absoluto. Arrastrado por la lógica de la ganancia, este hombre acapara y construye silos más grandes en los que almacenar el grano, pensando sólo en sí mismo. Pero ha elegido mal. La tierra y su trabajo le han ofrecido una buena cosecha, pero la abundancia de bienes lo ha seducido y no le deja descubrir la hondura de la vida ni la presencia de Dios en ella. Su error no está en “tener”, sino en tener sólo para sí. En su situación próspera se ha olvidado de algo muy importante. Y Dios le sorprende entrando en diálogo con él.

El proyecto del rico era disfrutar de la vida de un modo egoísta, y Dios lo enfrenta con la muerte. De nada le ha servido pensar sólo en sí mismo, atesorar, acaparar; construir graneros mayores para tener más cosecha almacenada. Era indispensable un mínimo vital para vivir dignamente, pero la seducción de las riquezas le impidió poner límite a lo superfluo. La intervención de Dios, que es un juicio, puso en evidencia lo equivocado e insensato de sus planes. La parábola termina con una moraleja que no se explica detalladamente (v. 21)

La parábola concluye con una sentencia: “Así sucede a quien atesora para sí en lugar de hacerse rico ante Dios”. Jesús rechaza la acumulación de bienes en beneficio propio porque esta actitud esclaviza a la persona, aleja del amor generoso y desprendido de Dios Padre y rompe la fraternidad entre hermanos. Es un tema que el evangelio de Lucas toca con especial sensibilidad, posiblemente por la situación de desigualdad social que se vivía en la comunidad a la que va dirigida su obra. Por otra parte, es un tema de enorme actualidad para quienes vivimos en una sociedad en la que acaparar, invertir y disfrutar de lo inmediato son realidades más que evidentes.

Para escuchar la Palabra
Jesús se niega a mediar en una disputa entre hermanos, no por eludir una decisión controvertida, sino para liberar a su interlocutor de su afán de poseer. En lugar de resolver un caso particular, instruye a sus oyentes. Jesús quiso convencer a todos sobre el precario valor de los bienes materiales. Si la vida propia no depende de las propias cosas, de poco sirve desvivirse por tenerlas. ¿Cuál es mi relación con el dinero y con mis bienes materiales? Acumular bienes puede ser que nos haga más ricos pero ciertamente no más humanos. Ni somos mejores por los bienes que tenemos, ni nos hace bien conservar lo que pertenece al hermano. ¿Qué es lo que de verdad enriquece a una persona? ¿Cuáles son mis riquezas ante Dios?

A muchos en la sociedad les posee el afán de poseer, por conservar lo que han obtenido y se desvelan por conseguir lo que no tienen. La alegría de vivir que se base en lo que se ha conseguido en la vida no tiene futuro. Escaso es el gozo que nace de la abundancia material. Los bienes que tan fácilmente pueden perderse no han de ser los bienes mejor apreciados, ni son los más preciosos. No tener a Dios como supremo bien, hace inútiles todos los bienes que se tengan. Poner en algo que no sea Dios la razón de la felicidad, es arriesgarse a perderla. La felicidad del creyente no está en tener más, sino en saberse mejor mantenido. Teniendo a Dios, nos sobrarán todas las cosas y no nos faltará la alegría de vivir. ¿En qué estoy invirtiendo mi vida? A la luz del evangelio de hoy, ¿considero que vale la pena esa inversión?

Para orar con la Palabra
Corro el peligro, Señor de considerar que, porque no tengo muchos bienes materiales, tu enseñanza no se aplica a mí. Me desentiendo de ti creyéndome no satisfecho con los bienes que poseo. Pero caigo en cuenta que hay días que el afán de poseer algún bien ocupa mi mente y mi corazón; que no vivo confiado en su providencia sintiéndome inseguro por el futuro; que me aferro a los bienes y me creo importante al poseerlos.

Señor, quiero tenerte como mi bien supremo y hacerme rico en esos bienes que no perecen. Quiero compartir a los demás de los bienes con que me has enriquecido. Los bienes que surgen del amor como respuesta al amor que tú me tienes. Contigo todo me sobra, sin Ti, aunque lleno de bienes, carezco de todo. Me abrazo de ti, única riqueza que aseguras futuro y colmas de plenitud.

 

XVII Dom Ord cicloC

Lucas 11:1-13 Descargar PDF

1 Y sucedió que, estando él orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: «Señor, ensénanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos.»
2 El les dijo: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino,
3 danos cada día nuestro pan cotidiano,
4 y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación.»
5 Les dijo también: «Si uno de vosotros tiene un amigo y, acudiendo a él a medianoche, le dice: "Amigo, préstame tres panes,
6 porque ha llegado de viaje a mi casa un amigo mío y no tengo qué ofrecerle",
7 y aquél, desde dentro, le responde: "No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos",
8 os aseguro, que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos se levantará por su importunidad, y le dará cuanto necesite.»
9 Yo os digo: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá.
10 Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.
11 ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra;
12 o, si pide un huevo, le da un escorpión?
13 Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»

 

Para comprender la Palabra

Valiéndose de una petición de los discípulos de Jesús, Lucas introduce el tema de la oración; con ello el evangelista se hace eco de una necesidad existente entre los miembros de su comunidad que, provenientes en su mayoría del mundo pagano, necesitaban aprender a rezar. Jesús va más allá de lo que le piden sus discípulos. Mientras éstos, con la alusión a Juan Bautista, parecen solicitar una forma ritual de orar, Jesús les ofrece un estilo, un talante en la oración, que lleve como notas propias la confianza en Dios y el compromiso personal y comunitario.

Nos encontramos con un pasaje estructurado en tres partes: un modelo de oración, una pequeña parábola y unas palabras sobre la confianza total del discípulo. Jesús inicia su enseñanza con un modelo de oración similar en algunos aspectos a una plegaria judía, pero con algunas particularidades importantes (vv. 2-4) Comienza con una sencilla invocación a Dios como Abbá, el modo familiar que tenía Jesús de referirse al Padre. No le llama Padre “nuestro” como Mateo, sino sólo Padre, subrayando así una mayor intimidad filial. A esta invocación siguen dos miradas: una a Dios y otra a nuestra realidad. La primera mirada dirigida a Dios, es como un grito de anhelo y esperanza, solicitando que Él mismo se manifieste en la historia y que apresure el momento en que su reinado sea acogido por toda la humanidad. Dios manifiesta la santidad de su nombre precisamente en la venida de su reino. El reino es el regalo de amor y de confianza que ese Padre nos ofrece. La otra mirada, dirigida a nuestra realidad, consta de tres peticiones. La primera, sobre el pan cotidiano, se refiere a aquello que el ser humano necesita para su subsistencia, tanto ahora como en el futuro. Con la segunda petición se desea recibir el perdón de Dios y se adquiere el compromiso de otorgar el perdón de las ofensas recibidas. El último ruego suplica que no desfallezcamos al enfrentarnos con situaciones que puedan hacer peligrar nuestra entrega y confianza en el Padre.

La segunda parte (vv. 5-8) compuesta por la parábola recuerda la situación concreta de Palestina del siglo I. Ante el deber de la hospitalidad, un hombre pide tres panes a su amigo. Su constancia en la llamada y su confianza en el amigo le procuran lo que necesita. La parábola no se fija en si el amigo tardó en responder o si la respuesta tuvo una motivación poco clara. Subraya solamente la extremada confianza, la seguridad inquebrantable de aquel hombre en que su petición sería acogida. Es esto lo que da pie a Jesús para aplicar la parábola al tema de la oración.

“Yo os digo” expresan autoridad, sus palabras deben ser tenidas muy en cuenta. En ellas Jesús anima a pedir, a buscar, a llamar incansablemente animados por una confianza sin límites. Redundando en esta misma enseñanza, Jesús acude a la reflexión sapiencial y coloca a sus discípulos ante dos situaciones extremas que se nos antojan de una crueldad inhumana (Cf. v. 11 y 12). Las preguntas son retóricas. Lo que vale para nosotros sirve con más razón para Dios, que está dispuesto a darnos el bien por excelencia, el anticipo del Reino: el Espíritu Santo. Este Espíritu nos coloca en sintonía con la voluntad de Dios y nos llena de coraje para seguir dando testimonio.

En toda oración descubrimos que Dios nos ama; por eso es necesario mantenernos en la espera. Con ejemplos sacados del fondo real de un amigo que llama (5-8) o del hijo que pide (11-12) nos muestra san Lucas la forma en que debemos confiar en Dios. “Pedid y se os dará”: Lo que está asegurado es que Dios da, se deja encontrar y abre a quien llama a su puerta. ¿Qué da? La comunión con él, la fidelidad a su voluntad, su Espíritu Santo, como bien fundamental y definitivo que está a la raíz de todo otro bien que legítimamente el hombre puede desear, para él y para los demás.

Para escuchar la Palabra
Antes de ser maestro de oración Jesús ha sido modelo. Antes de las palabras dio ejemplo de oración. Y una vez que uno de los discípulos, que convivía con él, le pide enseñanza, Jesús le deja ver sus sentimientos e inculca perseverancia que se nutre de esa confianza en Dios. Para el cristiano orar lo que Jesús enseñó es saberse lo que él se sabía, hijo de Dios y pedir lo que no se atrevería, el Espíritu, si no hubiera sido porque Jesús así se lo enseñó. ¿Cómo es mi oración? ¿No seré mal orante sólo porque me conformo con menos en vez de pedir el Espíritu? ¿No estaré siendo mal discípulo porque no me atrevo a sentirme hijo de Dios, como Jesús es y nos enseñó?

Jesús no enseña a distancia. Quien estuvo conviviendo con él, lo vio unido a su Padre y le pidió que les participara de esa unión en la oración. Jesús enseñó a rezar a quien se lo pidió. Invitó a saberse hijo de Dios sólo a quien le rogó que le enseñara a rezar como él hacía. ¿No estará aquí una razón para explicarme mi escasa vida de oración y su mala calidad? Quien vive lejos de Jesús, sin escucharle siempre, sin contemplarle a menudo, no tendrá idea de lo que significa rezar como él sabía. Orar como Jesús es oficio de hijos de Dios. La oración del hijo no depende de sus graves carencias sino de lo grande que es su confianza. Pedir es oficio de hijos y dar tarea del Padre.

Para orar con la Palabra
¿Qué decirte, Señor? No puedo quejarme de no saber rezar; deberías tú quejarte de mí, porque no he aprendido a convivir contigo. No te veo en ningún lugar, porque en ningún lugar te encuentro. Y no te encuentro, porque no te busco. ¡Tenme piedad y ven a mi encuentro! La verdad es que no distingo a mi alrededor muchos orante a quien envidiar. Tus discípulos, Señor, tuvieron más suerte; otros les hicieron caer en la cuenta de que no sabían rezar; seguirte no basta para rezar; tenerte al lado y oírte a menudo puede no ser camino de oración; ¿no querrás mandarme alguien mejor que yo, que me haga más grande mi necesidad de Dios? ¿Cómo sabré que aún eres mi maestro, si no sé que todavía no sé rezar como tú? Enséñame a orar, como tú quieras. Sé tú mi maestro de oración.

 

 

 

 

XV Dom Ord cicloC

Lucas 10:25-37  Descargar PDF

25 Se levantó un legista, y dijo para ponerle a prueba: «Maestro, ¿que he de hacer para tener en herencia vida eterna?»
26 El le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?»
27 Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.»
28 Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás.»
29 Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?»
30 Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto.
31 Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo.
32 De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo.
33 Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión;
34 y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él.
35 Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: "Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva."
36 ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?»
37 El dijo: «El que practicó la misericordia con él.» Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo.»

 

Para comprender la Palabra

 

Jesús está camino de Jerusalén (9, 51) instruyendo a sus discípulos. Un perito de la ley pregunta cómo puede heredar la vida eterna. La pregunta que apunta al sentido último de la existencia humana. Está formulada de un modo práctico: qué “hacer” para alcanzar la vida eterna. La primera reacción de Jesús es evasiva. En vez de contestar a lo que se le pide, responde con un nuevo interrogante: “¿Qué está escrito en la ley?”. No sin ironía, Jesús viene a recordarle que le está examinando sobre algo que él debería saber bien, pues atañe a su propia especialidad. El letrado conocía al dedillo la ley de Moisés, los mandamientos esenciales. Jesús remite a las palabras de la ley que dicen:” Amarás al Señor, tu Dios... y al prójimo como a ti mismo” (Dt 6, 5; Lev 19, 18). Se subraya así que uno “acierta” en la vida cuando logra centrarla en el amor a Dios y al prójimo, sin separar ambas cosas. Al final Jesús lo invita a convertir aquella palabra en acción concreta: “Has contestado bien; si haces eso, vivirás”.

El letrado sabe amar a Dios, desconoce, sin embargo, el contenido del amor al prójimo objeto de la cuestión casuística tan importante en el ambiente judío. En Israel el prójimo era todo miembro de la alianza, todo miembro del pueblo de Dios (Ex 20, 16-17; 21, 14; Lev 19, 13-18). Jesús se aleja de las disquisiciones legalistas y teóricas y presenta un caso humano. No pretende resolver el problema jurídico que se planteaba el escriba. Jesús responde narrando la parábola y pasando del interés por la identificación del prójimo al hacerse prójimo del que pasa por una necesidad, actuando con misericordia eficaz y comprometida, dejándose afectar interiormente por el dolor y la miseria sufrida por los otros.

En la parábola se contraponen los que “bajan” de Jerusalén (los profesionales de la religión, los satisfechos del culto) y el que “está en camino” (haciéndose prójimo del necesitado). El sacerdote y levita pasan de largo frente al herido mientras que el samaritano, un extranjero hereje, distante de la religión oficial de los judíos, a quien no le preocupan las minucias de la ley, ni la estrecha tradición de los rabinos, al percatarse de una miseria ofrece su asistencia. Quizá en el fondo la parábola es una llamada al realismo frente a la elucubración sofisticada del “doctor de la ley” o frente al rito vacío del sacerdote o levita. El samaritano que reacciona con una actitud de hombre a hombre y se convierte de este modo en realizador de la misericordia de Dios. En el fondo, Jesús critica seriamente a quien por vivir abstraído en sus obligaciones para con Dios, pasa de largo de cuantos le necesitan: en el indigente uno encuentra, juntos, a su prójimo y a su Dios.

Jesús pregunta: “¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fe asaltado por los ladrones?”. El escriba evita decir “el samaritano” y usa un circunloquio: “el que tuvo compasión de él”. Jesús no define quién es el prójimo sino que indica que cómo hacerse prójimo. Para el samaritano fue decisivo el hecho de encontrar a alguien que estaba en necesidad y sufría, más allá de las diferencias de raza, religión o nacionalidad. No pasó de largo en forma inconsciente. Lo vio, se acercó y se detuvo. El samaritano interiorizó en sus entrañas el sufrimiento ajeno y lo convirtió en el origen de su actuación. Su amor es un amor de misericordia semejante al que ha manifestado Dios en Cristo. La práctica de la misericordia realiza el compromiso fundamental por el Reino ya que encarna el amor de Dios y el estilo de amar de Dios. Y al final a quien se acercó para preguntar sobre la vida eterna obtuvo la orden: “Anda y haz tú lo mismo”.

Para escuchar la Palabra
En la cultura postmoderna lo que importa es el ahora, lo inmediato, lo inmanente, carecen de valor los planteamientos a largo plazo. ¿Para qué preocuparse de lo que va a ocurrir con nosotros para toda la eternidad? Se dice que todos buscamos la vida, todos queremos vivir por siempre, todos deseamos la vida eterna. ¿Es mi caso? Estoy inquieto como aquel escriba en responderme hacia dónde voy, ¿qué va a ser de mí después de esta vida? ¿Puedo emular al escriba preocupado por la cuestión del más allá dirigiéndome al "Maestro"?

No hay ocupación más santa ni urgente que cuidar de Dios, al que necesitamos, cuidando del prójimo que tanto nos necesita. Y aunque es de fácil comprensión no hace más sencillo su cumplimiento. Personalmente, ¿he logrado esta unidad de vida en el amor a Dios y al prójimo? ¿En qué situaciones tiendo a separar o a dividir la expresión de mi amor a Dios en el prójimo? ¿No estaré ilusionado creyendo que Dios me es familiar y el necesitado no me es próximo? Por declararme al servicio de Dios, a quien digo conocer y con el que me relaciono, puedo estarme negando de servir y de ser cercano al hermano en necesidad. No es ocasional que los “hombres de Dios” vean al necesitado y pasen de largo. ¿Quién será mi prójimo? ¿Qué situaciones de necesidad está sufriendo mi hermano y reclama mi proximidad?

Hombres de Dios no fueron hombres buenos, los próximos siempre de Dios no llegaron a aproximarse al hombre que encontraron “bajando de Jerusalén”. Consagrados a un Dios que no necesita de nadie, no pudieron entregarse a quien les necesitaba. ¿Las celebraciones y sacramentos celebrados - y por mí presididos - me llevan a olvidarme de reconocer a mi Señor presente en el necesitado? Como hombre creyente, ¿he sido sensible al hermano necesitado? ¿Cuáles son mis pecados de omisión más comunes?

Para orar con la Palabra

Señor, tú eres el Buen Samaritano, pues en tu vida terrena pasaste haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal, y ahora, en tu vida glorificada continúas acercándote a todo aquel que sufre en su cuerpo o en su espíritu y curas las heridas del sufriente con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza (Prefacio VIII), te agradezco haberte hecho nuestro prójimo en acto de obediencia a tu Padre Dios y te suplico el don de poder configurarme a ti en esa unidad de vida: ser todo de Dios y totalmente entregado a los hermanos. Perdóname porque tantas veces pretendo estar interesado de ti y paso desinteresado del hermano necesitado; perdóname los divorcios que establezco entre mi vida filial y mi vida fraterna.


 

Dom XII Ord cicloC

Lucas, 9,18-24  Descargar PDF

18 Un día estaba Jesús orando,l él solo. Luego sus discípulos se le reunieron, y él les preguntó: –¿Quién dice la gente que soy yo?
19 Ellos contestaron: –Unos dicen que Juan el Bautista; otros dicen que Elías, y otros, que uno de los antiguos profetas, que ha resucitado.m
20 –Y vosotros, ¿quién decís que soy? –les preguntó.
Pedro le respondió: –El Mesías de Dios.
21 Pero Jesús les encargó mucho que no se lo dijeran a nadie.
22 Les decía Jesús: –El Hijo del hombre tendrá que sufrir mucho, y será rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley. Lo van a matar, pero al tercer día resucitará.
23 Después dijo a todos:
–El que quiera ser mi discípulo, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame.
24 Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por causa mía, la salvará.p

 

Para comprender la Palabra

 

El evangelista Lucas pone la confesión de fe de Pedro muy pronto dentro de su narración porque le interesa preparar la escena del camino hacia Jerusalén con la invitación de Jesús a su seguimiento efectuado inmediatamente después de la confesión de Pedro.

Este relato constituye uno de los pasajes centrales de la tradición cristiana primitiva. La fe de Pedro es el tipo de la fe de la Iglesia, entendida como seguimiento – de- y comunión – con - el misterio pascual del Hijo único, contemplado desde el ángulo de la revelación, en su muerte, de la misericordia del Padre.

La estructura de la perícopa aparece bastante clara: ubicación e interrogatorio de Jesús; confesión de fe de Pedro; anuncio del tipo de Mesías sufriente; invitación al seguimiento. Vayamos, parte por parte, resaltando algunos elementos: Ante todo, el contexto de la presente escena es el de la oración en lugar solitario. Jesús interroga a sus discípulos sobre su identidad y significado en el contexto de la oración. Jesús está con sus discípulos y a ellos interroga doblemente: primero, por lo que la gente dice de él. El maestro quiere que los discípulos se interesen por aquello que los demás digan de él; después, lanza directamente la pregunta a ellos, obteniendo la confesión de fe de los discípulos en Pedro. No basta con presentar el decir de los otros a ello hay que tomar postura confesando (definiéndonos) ante Jesús. Y a esto siguió la presentación del tipo de Mesías que Jesús era: Mesías humilde y sufriente, rechazado por el judaísmo y colgado de una cruz pero la fuerza de Dios estaba con él y vencería la muerte, resucitando. La prohibición de no comunicarlo a nadie sirve de correctivo a las falsas interpretaciones sobre su mesianidad.
Este relato testimonia la tensión que existe entre la idea (la esperanza) de los hombres y la fuerza de Dios, que se revela en Jesucristo. Los hombres sienten la propensión de absolutizar los rasgos victoriosos del Mesías, interpretándole como un Señor que vence en la batalla de la vida y aniquila los poderes enemigos (identificados con nuestros enemigos personales). Sin embargo, Dios manifiesta su presencia a través del camino de fidelidad humana de Jesús; sólo a través de esa fidelidad, en la aceptación del sufrimiento y de la muerte adquiere su sentido, la plenitud de la esperanza (es decir, la resurrección). Desde aquí se entienden los dos títulos capitales de nuestra lectura. Vale el título Mesías en cuanto indica que la historia de los hombres alcanza en Jesús su plenitud. Pero hace falta completarlo a través de la expresión “Hijo del Hombre”, que, en este contexto, nos muestra al mismo Dios que ha descendido, se introduce en nuestro caminar y asume el sufrimiento de los hombres, transfigurándolo desde dentro.

Y se termina invitando, en cinco frases, al seguimiento desde las mismas actitudes y espíritu de Jesús. Jesús exige la adhesión total de la persona al reino de Dios presente en él. Cargar la cruz de Jesús significa escuchar su mensaje del reino, adoptar su manera de ser y cumplir hasta el final la urgencia de su ejemplo: ofrecer siempre el perdón, amar sin limitaciones, vivir abiertos al misterio de Dios y mantenerse fieles, aunque eso signifique un riesgo que nos pone en camino de la muerte.

Para escuchar la Palabra
En contexto de oración los discípulos presentaron el decir de la gente sobre Jesús y la propia confesión de fe. En oración los discípulos confesaron su fe. Solamente en la oración, recibieron el anuncio de Jesús sobre su muerte, y les libró del riesgo de imaginarse a su Señor como mejor les conviene; en la oración escucharon la invitación al seguimiento tomando la cruz de cada día. ¿Cultivo la oración como clave de fidelidad como discípulo? Quien desee ser fiel ha de compartir la oración y la intimidad con Jesús para conocerle de verdad. Pero la cruz nos lleva a la seguridad del conocimiento personal.

El discípulo por voluntad del maestro ha de interesarse por lo que diga de Jesús a su alrededor. El interés por la opinión ajena surge de nuestro apasionado amor por él. Por ejemplo, si no le amamos de verdad no nos dolerá la indiferencia que reina a nuestro alrededor. ¿Me importa lo que los demás digan de mi Señor?

Los discípulos fueron tomados en cuenta e interpelados por Jesús sobre quién era él para ellos. Declararnos a su favor nos hará conocer al Dios que se ha declarado en favor nuestro. ¿Quién es Jesús para mí? A quien supo responder personalmente se le desveló el secreto más personal: la entrega hasta la muerte es el destino de Jesús y este proyecto de entrega será para quién le siga. Jesús sigue pidiendo a sus discípulos que se pronuncien por él ante los demás.

Pero no basta con dar una confesión verbal de fe sobre Jesús, por muy personal que ésta sea o por muy pública que se haga si no se le concede la propia vida. Si no se comparte su proyecto de entrega de la propia vida (tomando su cruz y siguiéndole) de poco valdrán las palabras. Habrá que seguirle, siempre yendo en pos de Él, soportando el mismo camino e idéntica carga; perder la vida como Él significaría ganarla para siempre. ¿Soy discípulo suyo? ¿En qué cifro mi vida como discípulo?

Para orar con la Palabra
Me da miedo gastar la vida, entregarla sin reservas. Me aterra tu palabra: “toma tu cruz y sígueme”. Un fuerte instinto de conservación me lleva hacia el egoísmo y me atenaza cuando quiero jugarme la vida. Tengo seguridades y muchas cobardías... No me hace someterme sino buscar conservarme, encontrarme e imponerme. Te percibo tan irreal por la variedad de respuestas de lo que la gente dice de ti, como de la manera que has elegido ser Mesías de Dios. La gente ayer como hoy se encuentra confundida sobre quién eres realmente. Humanamente todos te soñamos poderoso, imponente, omnipresente… Y tú te declaras dispuesto a entregar tu vida, a sufrir y morir por nosotros. Me contradices en mi interior, en mi comprensión, en la voluntad humanas. Otra, Señor, es tu identidad y tu proyecto. Quisiera a la escucha de tu palabra confesarte verbal y vitalmente, en lo secreto y públicamente. Quisiera abandonarme y dejarte que seas Mesías así como tú has elegido serlo para nosotros y no como nosotros lo proyectamos. Quiero ser antorcha cuyo sentido esté en ser quemado para brindar luz. Líbrame de la prudencia cobarde y de la búsqueda de seguridades. Ayúdame a entregar la vida sin ampulosidades ni teatralidad, sin publicidad y con sencillez. Capacítame a ello, tú que ya has recorrido este camino y que me invitas a recorrerlo. Amén.

 

 

CorpusCristi cicloC

Lucas 9, 11-17  Descargar PDF

11 Pero las gentes lo supieron, y le siguieron; y él, acogiéndolas, les hablabla acerca del Reino de Dios, y curaba a los que tenían necesidad de ser curados.
12 Pero el día había comenzado a declinar, y acercándose los Doce, le dijeron: «Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar deshabitado.»
13 El les dijo: «Dadles vosotros de comer.» Pero ellos respondieron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente.»
14 Pues había como 5.000 hombres. El dijo a sus discípulos: «Haced que se acomoden por grupos de unos cincuenta.»
15 Lo hicieron así, e hicieron acomodarse a todos.
16 Tomó entonces los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente.
17 Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos.

 

Para comprender la Palabra

 

Nuestro texto se ubica entre la pregunta de Herodes sobre Jesús (Lc 9, 7-9) y la respuesta de Pedro reconociéndolo como Mesías (Lc 9, 18-21). Es como si, entre ambas, Jesús actuara revelando quién es, manifestando su identidad más profunda. Jesús enseña, cura y da de comer. Es la manifestación visible de la Palabra, el poder y la presencia de Dios.

El episodio de la multiplicación de los panes aparece con diversos matices también en los otros evangelios (dos veces en Marcos), lo que demuestra no sólo que el evento posee un alto grado de historicidad, sino que también la comunidad cristiana primitiva lo consideró fundamental para comprender la misión de Jesús.

Jesús está rodeado de gente pobre, enferma y hambrienta. Les instruye sobre el Reino de Dios y cura a quienes tenían necesidad de ser sanados (v. 11). Lucas añade que “caía la tarde” (v. 12). El detalle evoca a los dos peregrinos de Emaús que invitan a Jesús: “Quédate con nosotros porque ya es tarde y pronto va a oscurecer” (Lc 24, 29). En los dos episodios la bendición del pan acaece al caer el día. Lucas da también una indicación espacial, todo está ocurriendo en un lugar “solitario” (lugar desértico), que evoca el don del maná y las resistencias e incredulidades de Israel en el camino por el desierto (Ex 16, 3-4).

El diálogo entre Jesús y los Doce pone en evidencia dos perspectivas. Los apóstoles quieren enviar a la gente a los pueblos vecinos para que se compren comida, proponen una solución “realista”; la perspectiva de Jesús es distinta, representa la iniciativa del amor, de la gratuidad total, y la prueba incuestionable de que el anuncio del Reino abarca también la solución a las necesidades materiales de la gente: “Denles ustedes de comer”.

Después de que los discípulos acomodaron a la gente, Jesús “tomó en su manos los cinco panes y los dos pescados, y levantando su mirada al cielo, pronunció sobre ellos una oración de acción de gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos, para que ellos los distribuyeran entre la gente” (v. 16). El levantar su mirada al cielo revela la actitud orante de Jesús, que vive en permanente comunión con Dios; la bendición expresa gratitud y alabanza por el don que se ha recibido o se está por recibir. El gesto de partir el pan y distribuirlo, recuerda la última cena. Con los dos primeros gestos, Jesús vive el momento con actitud agradecida y filial delante de Dios su Padre; con el último, expresa su sensibilidad y solidaridad delante de los hombres.

Al final todos quedan saciados y sobran doce canastos (v. 17). El tema de la “saciedad” es típico del tiempo mesiánico (Sal 22, 27; 78, 29; Jer 31, 14). Jesús es el gran profeta de los últimos tiempos, que recapitula en sí las grandes acciones de Dios que alimentó a su pueblo en el pasado (2 Re 4, 42-44). Los doce canastos que sobran, no sólo resalta el exceso del don, sino que también pone en evidencia el papel de “los Doce” como mediadores en la obra de la salvación. Los Doce representan a la Iglesia, llamada a colaborar activamente a fin de que el don del Reino pueda llegar a todos los hombres.

 

Para escuchar la Palabra
Durante su ministerio público Jesús fue, a menudo, huésped y comensal: compartió el hambre del hombre y su sed de convivencia. Dando de comer a la muchedumbre que le había escuchado, multiplicó el pan escaso y sació la necesidad de cuantos le creyeron. ¿Atiendo a Jesús? ¿Me sé atendido por Él? ¿Qué significa para mí celebrar la Eucaristía y “comulgar” en ella con Jesucristo? Como aquella muchedumbre que dejó para más tarde su propia necesidad por saciarse de su Dios, ¿sacio mi hambre de Dios en la escucha de su Palabra? ¿Me la paso satisfaciendo mis pequeñas necesidades sin alimentar mi hambre de Dios?

Los discípulos, siendo realistas por la escasez de medios, advirtieron a Jesús para que despidiera a la muchedumbre necesitada. Pero Jesús los responsabiliza: “Denles ustedes de comer”; y, para obrar el portento, Jesús acudió a la ayuda, pequeña pero no insignificante de sus discípulos, por poner a su disposición lo poco de que disponían, vieron cómo Jesús lograba satisfacer a una muchedumbre. ¿Soy sensible a las necesidades de los demás? ¿Confío en que sumando mi pobreza Jesús podrá saciar el hambre de muchos? Quien tiene a Dios por alimento, tiene al hambriento por alimentar. Olvidarlo sería menospreciar el cuerpo de Cristo que recibimos.

Para orar la Palabra
Reconozco, Señor, que estás interesado en saciar mi necesidad. Aquella muchedumbre que fue para saciar su Hambre de Dios se olvidó de su hambre. Retrasó el comer para escuchar tu mensaje del Reino. Y yo, Señor, pierdo mi tiempo satisfaciendo mis pequeñas necesidades sin saciar esa hambre más profunda y radical de ti. No me siento atendido porque tampoco te he atendido. Despreocupado de ti no te sé implicado en mis cosas.

Ayúdame, Señor, a no anteponer ninguna necesidad a tu querer. A no estar centrado en lo que me hace falta sino en ti que quieres ser respuesta a mi necesidad.

Me vuelvo roñoso porque tengo poco siendo pobre. Pero no estoy escaso de bienes sino de fe. No confío en que abriendo mi existencia a ti, por muy pobre que sea, tengo que aprender a compartir desde mi pobreza con los demás. No quiero, Señor, vivir insensible, por razones humanamente justificadas de mi escasez, a la necesidad de pan que sienten tantos hermanos hoy. Desde mi escasez de recursos, Señor, interviene para saciar el hambre de muchos. Que recibiéndote sacramentalmente ponga a disposición la pobreza de mis recursos para que tú seas providente para los demás.


 

Dom Santísima Trinidad ciclo C

Juan 16:12-15  Descargar PDF

12 Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello.
13 Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir.
14 El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.
15 Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.

 

Para comprender la Palabra

La fiesta de hoy nos ayuda a mirar el misterio del Dios en quien creemos y que celebramos: La maravilla de Dios Padre, como fuente y origen de la salvación; el amor admirable de Jesucristo, revelado en su Pascua; y, la obra permanente del Espíritu, conduciendo a su Iglesia, a través de los tiempos, hacia la verdad entera de Cristo. Este domingo, por tanto, dentro del tiempo ordinario es como una especie de visión sintética y retrospectiva de la Cincuentena pascual.

Nuestro texto pertenece al testamento o despedida de Jesús, se alude cuatro veces a vocablos como “decir”, “anunciar”, “comunicar”. El elemento básico de esta perícopa es la comunicación entre Dios (Trino) y los hombres. Es comunicación centrada en la persona de Jesucristo. En él, en efecto, Dios se ha comunicado personalmente con el hombre. Porque él mismo es comunión y comunicación. El origen está en el Padre, que se vale del Hijo hecho hombre, pero ahora que ha regresado al lugar desde donde había salido, se vale del Espíritu para continuar su obra de amor. Del Padre arranca la revelación, que la da toda entera al Hijo hecho hombre y perdura por la acción del Espíritu en quienes han acogido y continúan acogiendo, ahora y aquí, a la Palabra de verdad de Jesucristo. Es más, hoy, en el Espíritu y por Él, la Iglesia conoce la revelación que Jesucristo ha traído del Padre, penetra en ella y profundiza en ella (Cf. 14,26; 15,26)

¿Cuándo estuvieron los discípulos más cerca del maestro, cuando escuchando directamente su palabra no la comprendía o cuando ya no estando Jesús entre ellos comprendieron lo que su Maestro les había comunicado?. Es el Espíritu el que conduce a la verdad “completa” no se refiere cuantitativamente sino cualitativamente, o sea, que el Espíritu nos conduce a una comprensión en profundidad, a una penetración del misterio de la persona de Cristo y de su obra, del sentido de la muerte, del sentido universalista de su misión salvadora... Todo esto no podía ser comprendido por los discípulos. Es el Espíritu Santo que engendra en el creyente una nueva inteligencia; es la inteligencia de la fe, que es capaz de percibir el misterio de Dios y descubrir el sentido que tienen el mundo y los acontecimientos de la historia. Quien descubre a Dios en la historia propia y en la de la humanidad se ve guiado por el Espíritu, porque Dios se ha manifestado en el acontecimiento principal de la historia, el de Jesús.

El Espíritu será quien glorifique a Jesús, porque gracias a la luz del Espíritu, los discípulos podrán comprender que la humillación de Cristo, su muerte, fue el principio de la exaltación, de la “elevación” hacia el Padre. Les llevaría a la comprensión total de lo que, durante el ministerio terreno de Jesús permaneció oculto.

El Espíritu les recordará lo que Jesús ha enseñado. Él es “memoria Christi”. Pero no se trata el Espíritu de la memoria literal. Les hará comprender el anuncio de Jesús de forma nueva a la luz de los nuevos acontecimientos y situaciones. Les ayudará a sacar de aquel anuncio nuevas riquezas y significados. Y esto, con el fin de que el Evangelio sea no un texto venerable y arqueológico, sino una luz para el presente. No será sólo Espíritu del recuerdo y de la nueva comprensión, sino también el Espíritu de la intervención. Él nos sugiere lo que debemos decir y vivir. Los discípulos no hemos recibido el Evangelio como si fuese una cualidad estática cual joya o regalo de cumpleaños. Poseemos, en cambio, una especie de código genético según el cual él va creciendo en nosotros de forma que seamos espirituales, esto es, creyentes que asumen y ordenan todo en la caridad hasta alcanzar la estatura de Cristo.

Para escuchar la Palabra
Jesús dice que el Espíritu vendrá a continuar la labor y la enseñanza suya. Ha de continuar hablando donde Jesús optó callar y abriéndoles a la verdad, les guiará hacia ella. El Espíritu es viático y guía, compañero de camino y líder de la Iglesia hasta que el Señor vuelva. ¿Cómo es mi atención y reconocimiento a la presencia del Espíritu?, ¿Crezco en el conocimiento de Jesús en mi vida por mi docilidad a su acción en mí? Jesús ha puesto a nuestra disposición la prueba de ese amor de Dios, su Espíritu que es todo lo que de Dios nos ha dejado, para que, dejándonos conducir por él, nos guíe hacia Dios. De nada nos vale creer en Dios, Padre, Hijo y Espíritu, si no nos reconocemos hijos, hermanos y templos de ese Dios Trino por la fuerza del Espíritu.

Conoceremos mejor a nuestro Dios, cuanto más nos reconozcamos amados por Él: quien sabe que su entraña es el Amor, quien se siente entrañablemente querido por Dios, desentraña el ser de Dios. No hay otra forma honrada de situarse ante el misterio más que respetarlo y admirarlo en el silencio y la adoración. ¿Con cuál Dios me dirijo cuando realizo mi oración?, ¿En qué Dios me confío? ¿Qué tipo de familia o comunidad me invita a construir la fe en la Trinidad? ¿He quedado admirado y agradecido de la naturaleza tripersonal de Dios?

Para orar con la Palabra
¡Qué gran regalo nos comunicaste Señor!, ¡Qué magnífico forma de invitarnos y posibilitarnos vivir en comunión por siempre contigo y tu Padre Dios! Nuestras palabras estarán pobres ante la grandeza de tu don. Tú fuiste quien, ante nuestra limitación en la comprensión de la verdad que nos revelaste, pensaste en que fuéramos introducidos mejor en ella, siendo guiados a la verdad plena; tú fuiste quien quisiste que conozcamos tus íntimos secretos; tú, que previste que se nos anunciará las cosas que van a suceder; tú, que deseabas ser glorificado (manifestado); tú, quien posibilitaste la comunión al compartirnos lo tuyo y lo del Padre.

¡De verás, qué amor tan grande manifestado! ¡Y qué compromiso tan especial! Señor, que no abuse de tu amor; que no lo relativice y desaproveche, que no sea indiferente o duro contra de él. Que sabiéndome agraciado viva agradeciéndote; que sabiéndome guiado sepa guiar; habiéndome dado lo más propio tuyo, me apropie viviendo en comunión contigo y tu Padre.



 

 

Pentecostes cicloC

Juan 20:19-23  Descargar PDF

19 Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.»
20 Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.
21 Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.»
22 Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo.
23 A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

 

 

Para comprender la Palabra
Juan coloca la comunicación del Espíritu en la tarde del mismo día de la Resurrección. Nuestro texto es llamado “Pentecostés del cuarto evangelio”. No establece un plazo de tiempo entre la Pascua y la venida del Espíritu, ni tampoco sitúa esta venida en el marco de la fiesta de Pentecostés. No siendo crónicas cada evangelista tiene su perspectiva teológica. Juan está interesado en mostrar la estrecha relación que existe entre la resurrección de Jesús y la efusión del Espíritu como aspectos complementarios de la misma realidad.

“Estando cerradas las puertas” indica el poder del Resucitado para vencer todo impedimento y al ponerse en medio de ellos. Los discípulos quedan libres del miedo y de la tristeza. El reconocimiento de Jesús es para la Iglesia primitiva un medio expresivo del hecho profundo y trascendente de que el Resucitado se encuentra con los discípulos y es el mismo Jesús con quien habían convivido antes de su pasión. El saludo de paz de Jesús y la certeza de que es él, el crucificado y traspasado, hacen que el miedo deje paso a la alegría. Y el saludo pascual es el ofrecimiento de la “Paz”, que es un bien espiritual, un don interior que se deja sentir externamente. La paz que el Señor resucitado trae a los discípulos de parte de Dios, debe acompañarlos en su misión y demostrar al mundo lo que es la verdadera paz.

Y tras el envío sigue la donación del Espíritu. La señal externa no es el viento impetuoso o llamas de fuego como Hechos sino por el mismo aliento vital del Resucitado que “sopla” sobre sus discípulos (gesto que Dios hizo al crear al ser humano – Gen 2, 7 -). El don del Espíritu hace de los discípulos personas recreadas, los libera de su vieja condición de “encerrados” y los prepara para asumir nuevos desafíos. es el acto de insuflar unido a las palabras “Recibid el Espíritu Santo”. Íntimamente ligado Espíritu y misión. Jesús envía a los suyos como él ha sido enviado por el Padre, pero no los deja solos, sino que les entrega el Espíritu para que puedan llevar a cabo su misión. Sin la garantía de ese Espíritu, la comunidad no hubiera superado sus “miedos” y la Iglesia quizás no se hubiera puesto en marcha.

La donación del Espíritu a los discípulos no es un “relato sorpresa” como inesperado dentro de la trama del evangelio de Juan. Ya Jesús lo había prometido repetidamente a sus discípulos durante su despedida en la última cena (Cf. Jn 14, 15.26; 15, 26; 16, 7-15). Este acontecimiento de comunicación del Espíritu no es algo que pertenece sólo al pasado. El Espíritu continúa vivo y sigue manifestándose en nuestro mundo, en personas y situaciones concretas.

Para que aparezca la vida tiene que ser removida la muerte. El don del Espíritu se comunica como poder contra el pecado. Este fue el poder que Jesús comunicó a sus discípulos. La absolución de los pecados es un don y encargo del Señor resucitado. Nuestra misión como discípulos del Resucitado no es otra que la reconciliación universal y para ello contamos con su misma fuerza. Los signos de la presencia permanente de Jesús en la Iglesia son el don de la paz y la recepción del Espíritu. Y así como Jesús ha sido consagrado para traer la salvación del Padre, ahora los discípulos con la Paz y el Espíritu son consagrados para que la lleven a todo el mundo. Existe, pues,una relación entre recibir el Espíritu y ser enviados por el Hijo. La misión actual tiene el modelo y fundamento en la misión del Hijo por el Padre.

Para escuchar la Palabra
El nuevo Hombre da la misión a sus discípulos de ser nuevos hombres y de hacer nueva a la humanidad, dándoles su Espíritu. Se los impone y lo posibilita. Los discípulos reciben el aliento del Resucitado y el mandato de perdonar en su nombre y con su poder. Vivir para el perdón es vivir de la resurrección, es vivir con su mismo Espíritu; vivir perdonando es ser nuevo hombre, que ha muerto al pecado y vive para ofrecer vida a los demás. ¿Por qué mis durezas para el perdón al hermano?

Los discípulos pasaron del miedo a la alegría al ver al resucitado en medio de ellos. Él eligió a unos discípulos asustadizos como apóstoles. No hay miedos, ni cobardías o traiciones que nos libren de la tarea de ser sus enviados al mundo. Jesús sacó a sus discípulos de su casa y de sus miedos, de su encierro y de su pusilanimidad y los lanzó al mundo. ¿Experimento su presencia, acojo su paz y me sé enviado como ministro de paz y perdón? Jesús resucitado quiere hacernos hombres nuevos, testigos fehacientes de la fuerza de su resurrección, resucitando en nosotros la alegría del testimonio y la tarea de representarlo.

El resucitado “sopló” sobre los discípulos su aliento personal, su fuerza interior, su Espíritu, haciendo posible su renacimiento. Encerrados en nosotros y alimentando miedos, poco testimonio damos de la acción del Espíritu. Empequeñecemos el Espíritu de Jesús a base de no atrevernos a ser audaces en la vivencia diaria de nuestra fe Más de algún destinatario al verlo se ha de cuestionar: “¿Por qué iba a ser entusiasmante una vida de fe, que no logra entusiasmar a cuantos dicen vivirla?” El mejor argumento que tenemos para convencer al mundo de que Cristo ha resucitado y que es posible vivir de una nueva forma es viviendo dóciles al Espíritu que hemos recibido en el perdón sincero. Quien puede perdonar a quien le ha ofendido, ha recuperado la paz interior y tiene el Espíritu de Jesús. La alegría de vivir pertenece a quien sabe ser tan generoso como para echar en olvido las ofensas.

Para orar con la Palabra
No es la hora del miedo y la soledad. No es el tiempo de la dispersión. No es el momento de hacer los caminos en solitario. No es la época de la uniformidad. No es el instante de la pregunta sin salida. No son los días de desesperar. Es la hora del Espíritu. Es la hora de la comunión. Es el tiempo de la verdad. Es la llegada de la libertad. Es la hora de quienes tienen oídos para oír. Es la hora de quienes tienen corazón de carne y no de piedra. Es el tiempo de los que adoran en Espíritu y Verdad. Es el tiempo de los que creen y esperan. Es el tiempo para los que se quieran hacer nuevos. Es el tiempo para los que quieran hacer lo nuevo. Es ahora cuando todo es posible. Es ahora cuando el Reino está en marcha. Es ahora cuando merece la pena no volverse atrás. Es ahora cuando podemos darnos la mano. Es ahora cuando la voz grita. Es ahora cuando los profetas tienen que gritar. Es ahora cuando los miedosos no tienen nada que hacer. Es ahora cuando nuestra fuerza es el Señor. Es ahora cuando el Espíritu del Señor está sobre nosotros. Es ahora el tiempo del Espíritu. Es ahora cuando los creyentes pueden proclamar: "Me ha enviado a proclamar la paz y la alegría". Hoy, Señor, es mi hora.

 




 

Dom Asencion cicloC

Lucas 24:46-53  Descargar PDF

46 y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día
47 y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén.
48 Vosotros sois testigos de estas cosas.
49 «Mirad, y voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto.»
50 Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo.
51 Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.
52 Ellos, después de postrarse ante él, se volvieron a Jerusalén con gran gozo,
53 y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios.

 

Para comprender la Palabra

La narración de la Ascensión de Jesús a los cielos es, para san Lucas, el culmen del itinerario de Jesús y el paso entre el “tiempo de Jesús” y el “tiempo de la Iglesia”, inaugurada con el don prometido por el Resucitado. La Ascensión significa la exaltación de Jesús a la derecha del Padre, verdad confesada en el símbolo apostólico. Este misterio señala la tensión en la que entra la comunidad de los discípulos: una tensión entre la ausencia del Señor y, al mismo tiempo, su presencia. Con la Ascensión se cierra el tiempo de las apariciones y se muestra la hondura de la pascua. Jesús, que ha caminado con los hombres, se ha convertido en meta de la marcha de la historia. Su mensaje ha trascendido los caminos de la tierra y se presenta como un don que sobrepasa todas nuestras ansias... Desde Dios, la realidad de Jesús se presenta como hondura y raíz, fundamento, verdad y meta de la vida de los hombres.

Hay semejanzas y diferencias entre la primera lectura Hech 1, 1-11 y nuestro texto evangélico (se repiten temas como: la enseñanza, el Espíritu, la permanencia en Jerusalén, el testimonio, la subida al cielo). Y es que estos textos son como una “bisagra” que une el final del evangelio de Lucas con el principio de Hechos de los Apóstoles. La última instrucción del Señor resucitado a sus discípulos vuelve a insistir en la explicación de lo acontecido a la luz de las Escrituras, la misión al mundo para predicar la conversión y la renovación de la promesa del Espíritu. Antes de dejarlos, Jesús deja amaestrados a sus discípulos y les deja lo que daba sentido a su vida: su propio espíritu y la misión universal. Al poner estas instrucciones, Lucas, prepara al lector para leer y comprender la segunda parte de su obra – Hechos de los Apóstoles -, a la vez que conecta la historia de las primeras comunidades cristianas con Jesucristo.

La comunidad mira al Señor que asciende (evoca pasajes de Elías y Eliseo), como comunidad profética que hereda el Espíritu de Jesús para continuar su misión. “Aquello que fue visible en nuestro Redentor, ha pasado ahora a los sacramentos (León Magno). La imagen para describir la Ascensión no puede ser entendida literalmente. Se basa en unas coordenadas espaciales que, como lo sabemos hoy, no responden a planteamientos científicos (el cielo, morada de Dios, está arriba). En realidad, Jesús resucitado no ocupa un lugar físico ni se encuentra en ninguna de las dimensiones que nosotros conocemos. Utilizando una forma de escribir propia del lenguaje religioso de la época, el evangelista nos quiere decir que Jesús está con el Padre, que vive la misma vida de Dios. Culminada su tarea en este mundo, ha entrado en la “gloria” e inaugura un nuevo modo de presencia entre los suyos.

Jesús se presenta como sumo sacerdote que ofrece la bendición sobre el pueblo (inspirada en Eclo 50,20-24, aunque con la diferencia de que es fuera del templo, en Betania), produciendo en éste, alegría y paz. El lugar a donde regresan y se reúnen será Jerusalén, desde donde partirá el anuncio de la muerte y resurrección del Señor. Los discípulos se postran ante el Resucitado. Es la forma de decir que lo reconocen como Dios y Señor, que lo adoran como tal. Luego vuelven a Jerusalén, el lugar donde han de esperar al Espíritu, y lo hacen “rebosantes de alegría”, un sentimiento que para Lucas es signo de la llegada definitiva de la salvación. Por último, los discípulos en espera del Espíritu se mantienen unidos en la oración.

Para escuchar la Palabra
¿He caído en la cuenta de que con la Ascensión de Jesús celebro su ausencia física en nuestro mundo? Subiendo al cielo Jesús culminó su paso por la tierra: tras nacer y crecer como un hombre, tras convivir con los hombres y predicarles el Reino de Dios, tras morir por todos los hombres y dejarse ver de algunos elegidos, Jesús se separó de ellos dejándolos solos en el mundo. Pero antes los instruyó desde la palabra y les dijo: “Ustedes son mis testigos”. Él me ha dejado la encomienda de representarlo. No tengo derecho a creerme abandonado ni puedo soportar que a nuestro alrededor se le dé por perdido. Estoy llamado al testimonio. Recibí una encomienda muy específica. ¿Hasta qué punto soy memoria viva de su presencia y de su intervención en favor de la humanidad? ¿Soy capaz de iluminar desde la Escritura el misterio de mi Señor, siendo testigo de su amor?

La ausencia física de Jesús no supone la privación de su Espíritu: quienes tienen la tarea de representarlo en el mundo tendrán también la asistencia de su fuerza interior. Alejándose de los discípulos, el Señor dejó una misión difícil y su fuerza interior. La alegría de vivir y una vida ocupada en el testimonio y la oración son los frutos de quienes esperan el Espíritu de Jesús. No estoy solo: tengo una tarea y cuento con su mismo Espíritu. Y el mundo me espera, aunque no lo diga, porque espera una razón para vivir y la fuerza. Ambas las ha dejado el Señor antes de partir. ¿Cómo he respondido a ello? Por mi forma de vivir mi vida de discípulo, ¿Dejo entrever que gozo de la presencia del Espíritu y el compromiso de ser su testigo en el mundo?, ¿Qué aporte realizo en el mundo que el Señor me confió?

Para orar con la Palabra
Te fuiste, Señor, al seno del Padre, habiendo cumplido tu misión en la tierra. Nos has dejado solos pero no abandonados. No te vemos, pero no estás ausente. Ya has concluido tu misión y sigues enviando a representarte. Ya estás plenificado y eres comunicador del Espíritu. Una tarea y tu misma fuerza has querido compartirnos antes de partir. Nos has instruido y confiado el mundo. Habiéndonos iluminado el sentido de los acontecimientos, nos has confiado ser tus testigos. Es el tiempo de dejarnos mover por tu Espíritu. Es tiempo de la profecía y de la misión. Perdona mis cobardías y negligencias, mis contribuciones por crear más ausencia que presencia tuya en el mundo. Señor, reconociéndote exaltado dame fuerza para comprometerme a ser tu testigo en el contacto con tu palabra y en la unidad comunitaria. Que, habiendo sido iluminado por tu Espíritu y Palabra, ilumine la vida de tantos hermanos nuestros. Y que, cumpliendo tu misión, experimente tu Espíritu de amor, tus cuidados y atenciones.




 

IV Dom Pascua cicloC

Juan 10, 27-30  Descargar PDF

27 Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas mi siguen.
28 Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano.
29 El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre.
30 Yo y el Padre somos uno.»

 

Para comprender la Palabra

 

El contexto del evangelio de hoy es la fiesta de la Dedicación, que duraba ocho días y consistía en conmemorar la purificación y dedicación del templo de Jerusalén realizada por Judas Macabeo, después de la profanación del templo por Antíoco IV Epífanes. El evangelista suele colocar en torno a una fiesta judía una controversia de Jesús con los judíos incrédulos.

Presentándose Jesús como Buen Pastor, describe a continuación las relaciones inseparables y de profunda interioridad que le unen con sus ovejas y con Dios su Padre.

En las palabras, sobre sí mismo, Jesús refleja su solicitud por los suyos: los conoce, les es familiar, y está unido con ellos, les otorga vida y las guarda (A diferencia del pastor mercenario). Mientras tanto, a la incredulidad de los judíos opone Jesús el comportamiento de sus ovejas. Los discípulos se sienten unidos por la escucha y el seguimiento a Jesús, su Pastor. Este es el criterio para vivir en la comunión de Jesús con el Padre.

Las ovejas (los cristianos) no deben tener miedo, en ningún lugar están más seguras que en las manos de Jesús pastor (10,28) y en las de su Padre: nadie podrá arrebatárselas de sus manos. Aquí resuena la convicción joánica de la unión de la comunidad con Jesús, su único Pastor.

El poder protector de Jesús es el Padre, que es mayor que el de cuantos amenazan al rebaño de Jesús. “Las almas están en las manos de Dios “ (Sab 3,1) y nadie es capaz de librar a quien sea de la mano de Dios (Is 43,13). El Padre guarda del maligno (17,15).

Jesús pone de relieve su unidad con el Padre, su actuación conforme a la voluntad y designio del Padre. Esta unidad del Hijo con el Padre, unidad de poder y acción, se convierte en la oración de despedida en modelo e imagen de la unidad que deben alcanzar los creyentes (17,11). Esta unidad comunicada a los creyentes es la fuerza que impide que nadie los arrebate de las manos del Padre o del Hijo.

Para escuchar la Palabra
Las ovejas siguen a quien conocen, y lo conocen porque convive con ellas. Así es la relación que Jesús mantiene con los suyos: le siguen seguros, porque lo conocen bien. Y lo conocen porque le escuchan y conviven con él continuamente. ¿Cómo afronto el peligro, la necesidad o el futuro? ¿Vivo con la serenidad como fruto de la conciencia de la atención del Buen Pastor? ¿Cultivo el conocimiento y la familiaridad por la escucha y el seguimiento? El discípulo de Jesús, que vive oyéndolo y sigue obedeciendo su voz, se sabe en buenas manos: son manos de buen Pastor, que prefiere perderlas antes de perder lo que abraza, entregar su vida antes de dejar que se las roben.

Saber que el Padre nos ha confiado al Hijo ha de ayudarnos a comprender lo mucho que valemos para nuestro Dios, el mismo que nos quiere dar vida eterna, proteger con su mano y fortalecernos en la unidad del Hijo ¿Soy consciente del gran regalo que Dios, en su libertad, realiza por mi? ¿Cómo corresponder a ello?

Para orar con la Palabra
Por no saberme acompañado por ti Señor, he venido alimentando miedos y angustias. Y si al menos dejase más tiempo para escucharte; si te concediera un espacio mayor en mi vida para saber que me has tomado de las manos, que me cuidas, que deseas darme vida plena. Sólo la escucha me hará descubrir que eres tú quien guía mi vida. La escucha de tu voz me hará recobrar la confianza en la vida. Hoy he encontrado la razón del por qué mi fe está cargada de incertidumbres como de poca ilusión, de miedos y angustias. ¿Cómo pedirte que me acompañes si soy yo quien ha rehuido tu compañía? A base de buscar certezas con otras personas, en otros lugares, he acumulado dudas sobre el lugar donde te has quedado y he perdido la seguridad de tenerte cerca. Por la fuerza de la unidad con tu Padre ayúdame, Señor, a afrontar el riesgo de vivir en tu rebaño. Quiero ser, Señor, objeto de tus cuidados. Quiero transcurrir mi vida oyéndote y conociéndote, siguiéndote y conviviendo contigo de manera que nadie me arrebate de tu mano.

 

 

 

 

 

 

III Dom Pascua cicloC

Juan 21, 1-19  Descargar PDF

1 Después de esto, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera.
2 Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos.
3 Simón Pedro les dice: «Voy a pescar.» Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo.» Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.
4 Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
5 Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis pescado?» Le contestaron: «No.»
6 El les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.» La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces.
7 El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor», se puso el vestido - pues estaba desnudo - y se lanzó al mar.
8 Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.
9 Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan.
10 Díceles Jesús: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar.»
11 Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red.
12 Jesús les dice: «Venid y comed.» Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor.
13 Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez.
14 Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.
15 Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos.»
16 Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas.»
17 Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas.
18 «En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras.»
19 Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme.»

 

Para comprender la Palabra

 

El contexto del evangelio de hoy es la fiesta de la Dedicación, que duraba ocho días y consistía en conmemorar la purificación y dedicación del templo de Jerusalén realizada por Judas Macabeo, después de la profanación del templo por Antíoco IV Epífanes. El evangelista suele colocar en torno a una fiesta judía una controversia de Jesús con los judíos incrédulos.
Presentándose Jesús como Buen Pastor, describe a continuación las relaciones inseparables y de profunda interioridad que le unen con sus ovejas y con Dios su Padre.

En las palabras, sobre sí mismo, Jesús refleja su solicitud por los suyos: los conoce, les es familiar, y está unido con ellos, les otorga vida y las guarda (A diferencia del pastor mercenario). Mientras tanto, a la incredulidad de los judíos opone Jesús el comportamiento de sus ovejas. Los discípulos se sienten unidos por la escucha y el seguimiento a Jesús, su Pastor. Este es el criterio para vivir en la comunión de Jesús con el Padre.

Las ovejas (los cristianos) no deben tener miedo, en ningún lugar están más seguras que en las manos de Jesús pastor (10,28) y en las de su Padre: nadie podrá arrebatárselas de sus manos. Aquí resuena la convicción joánica de la unión de la comunidad con Jesús, su único Pastor.

El poder protector de Jesús es el Padre, que es mayor que el de cuantos amenazan al rebaño de Jesús. “Las almas están en las manos de Dios “ (Sab 3,1) y nadie es capaz de librar a quien sea de la mano de Dios (Is 43,13). El Padre guarda del maligno (17,15).

Jesús pone de relieve su unidad con el Padre, su actuación conforme a la voluntad y designio del Padre. Esta unidad del Hijo con el Padre, unidad de poder y acción, se convierte en la oración de despedida en modelo e imagen de la unidad que deben alcanzar los creyentes (17,11). Esta unidad comunicada a los creyentes es la fuerza que impide que nadie los arrebate de las manos del Padre o del Hijo.

Para escuchar la Palabra
Las ovejas siguen a quien conocen, y lo conocen porque convive con ellas. Así es la relación que Jesús mantiene con los suyos: le siguen seguros, porque lo conocen bien. Y lo conocen porque le escuchan y conviven con él continuamente. ¿Cómo afronto el peligro, la necesidad o el futuro? ¿Vivo con la serenidad como fruto de la conciencia de la atención del Buen Pastor? ¿Cultivo el conocimiento y la familiaridad por la escucha y el seguimiento? El discípulo de Jesús, que vive oyéndolo y sigue obedeciendo su voz, se sabe en buenas manos: son manos de buen Pastor, que prefiere perderlas antes de perder lo que abraza, entregar su vida antes de dejar que se las roben.

Saber que el Padre nos ha confiado al Hijo ha de ayudarnos a comprender lo mucho que valemos para nuestro Dios, el mismo que nos quiere dar vida eterna, proteger con su mano y fortalecernos en la unidad del Hijo ¿Soy consciente del gran regalo que Dios, en su libertad, realiza por mi? ¿Cómo corresponder a ello?

Para orar con la Palabra
Por no saberme acompañado por ti Señor, he venido alimentando miedos y angustias. Y si al menos dejase más tiempo para escucharte; si te concediera un espacio mayor en mi vida para saber que me has tomado de las manos, que me cuidas, que deseas darme vida plena. Sólo la escucha me hará descubrir que eres tú quien guía mi vida. La escucha de tu voz me hará recobrar la confianza en la vida. Hoy he encontrado la razón del por qué mi fe está cargada de incertidumbres como de poca ilusión, de miedos y angustias.
¿Cómo pedirte que me acompañes si soy yo quien ha rehuido tu compañía? A base de buscar certezas con otras personas, en otros lugares, he acumulado dudas sobre el lugar donde te has quedado y he perdido la seguridad de tenerte cerca. Por la fuerza de la unidad con tu Padre ayúdame, Señor, a afrontar el riesgo de vivir en tu rebaño. Quiero ser, Señor, objeto de tus cuidados. Quiero transcurrir mi vida oyéndote y conociéndote, siguiéndote y conviviendo contigo de manera que nadie me arrebate de tu mano.

 

 

 

 

 

Domingo Ramos cicloC

Lucas 19, 28-40  Descargar PDF

"28 Y habiendo dicho esto, marchaba por delante subiendo a Jerusalén.
29 Y sucedió que, al aproximarse a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos,
30 diciendo: «Id al pueblo que está enfrente y, entrando en él, encontraréis un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre; desatadlo y traedlo.
31 Y si alguien os pregunta: "¿Por qué lo desatáis?", diréis esto: "Porque el Señor lo necesita."»
32 Fueron, pues, los enviados y lo encontraron como les había dicho.
33 Cuando desataban el pollino, les dijeron los dueños: «¿Por qué desatáis el pollino?»
34 Ellos les contestaron: «Porque el Señor lo necesita.»
35 Y lo trajeron donde Jesús; y echando sus mantos sobre el pollino, hicieron montar a Jesús.
36 Mientras él avanzaba, extendían sus mantos por el camino.
37 Cerca ya de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar a Dios a grandes voces, por todos los milagros que habían visto.
38 Decían: «Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas.»
39 Algunos de los fariseos, que estaban entre la gente, le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos.»
40 Respondió: «Os digo que si éstos callan gritarán las piedras.»"

 

 

 

Para comprender la Palabra

 

El Jesús de Lucas tomó la firme decisión de subir a la Ciudad Santa (9, 51) y el texto actual presenta su solemne entrada en Jerusalén como Mesías. Aquí, en Jerusalén, Jesús va a manifestar en forma abierta su personalidad y el origen de su autoridad. El largo camino de Jesús hacia Jerusalén culmina con este episodio de entrada triunfal y con el que sigue referente al templo y a su purificación. Jesús se deja ver como un Mesías muy peculiar, bastante diferente del que esperan quienes confían en un mesianismo triunfal e inmediato.

Nuestro texto podemos dividirlo en dos partes: la primera compuesta por una larga descripción de los preparativos de la entrada a Jerusalén (vv. 28-35) en la que Jesús declara su autoridad y dominio soberanos (es “el Señor” frente a los “señores” o dueños del pollino); y la segunda la descripción de su entrada en la Ciudad Santa (vv. 36-38) que es verdaderamente triunfal y su sentido mesiánico es claro por varias razones: el mismo género literario que se usa para las entradas triunfales de generales y de soberanos; las aclamaciones de la turba, que recita el Sal 118, de carácter mesiánico: “Paz en el cielo y gloria en lo alto”, realidades que van unidas con la manifestación del Reino escatológico.

Betfagé, Betania y el monte de los Olivos están muy próximos. Con el recurso del borrico, además de presentarse como Mesías, Lucas hace cumplir la profecía de Zacarías (Zac 9, 9-10), que habla de la entrada del rey Mesías en Jerusalén y de la restauración del reinado de Dios a través de un camino novedoso. Él viene en son de paz. El rey victorioso no trae la fuerza de las armas ni de las alianzas humanas para su tarea. No entra montado a lomos de un caballo, animal más propio de la guerra, sino sobre un borriquillo. Es un rey y mesías pacífico, cuya realeza es subrayada por el clima de alegría y la extensión de mantos en el camino. Pero es una realeza que se manifiesta de un modo sorprendente.

Si la alegría desatada y los mantos extendidos por el suelo podían no ser suficientes para subrayar la realeza de Jesús, sus discípulos prorrumpen en gritos de alabanza: “Bendito el que viene en nombre del Señor”, expresión sálmica, con el que se solía entonar en las fiestas de Pascua o en la de las Tiendas para dar la bienvenida a los peregrinos. Aquí los discípulos lo utilizan para saludar a Jesús como el Mesías real, enviado por Dios y portador de la paz, tal y como proclaman en la segunda parte de su aclamación, semejante a la de los ángeles de Lc 2, 14: “ésta es la hora de su gracia”. Sin embargo, no todos participan de esta alegría.

Frente a la reacción de los discípulos, que han visto la manifestación de la gloria de Dios en los milagros y ahora la confirman al contemplar esta entrada de Jesús a Jerusalén, contrasta la de algunos fariseos. Reaccionan negativamente porque son incapaces de reconocer en Jesús al Mesías de Israel que ellos esperan. Este ambiente tenso prepara los acontecimientos futuros de la pasión.

 

Para escuchar la Palabra
No podemos dejar de sorprendernos ante la manifestación de Jesús. El viene a ejercer su poder de un modo pacífico y desde la humildad. Cercano a Jerusalén prevé su entrada para manifestarse cual es: Mesías. ¿Qué tengo que preparar para que el Señor haga su entrada triunfal en mi vida? ¿A dónde iré y qué diré en su nombre para que personalmente celebre la Pascua este año?

El Mesías pacífico que monta sobre un borrico es reconocido por la gente que, además de las aclamaciones, le arrojan sus mantos. Arrojar sus mantos significa entregar sus personas, confiarse de él. ¿Qué suscita el Señor en mí? ¿Cómo te aclamo y te entrego mi vida?

Los enemigos de Jesús no están conformes con el entusiasmo de la turba. Jesús lo acepta, aunque dándole un sentido más hondo, porque su reinado “no es de este mundo” (Cf. Jn 18, 36). ¿Hay también en mí alguna actitud farisaica de rechazo y no aceptación de su mesianismo? ¿Cuál es mi actitud cuando constato en otros, amor desmedido, hacia el Señor?

 

Para orar con la Palabra
Te aclamo, Señor, rey de mi vida. Y pasas entrando hacia tu Pascua entonces arrojo el manto de mi vida poniéndome a tu servicio. Como aquella muchedumbre, Señor, tantas veces suscitas en mí un entusiasmo que me lleva a declararte mi amor y a estar dispuesto a entregarte mi vida. Pero también reconozco que son impulsos locos porque pronto pasan sin calar en mí. Aquella muchedumbre te aclamó cuando entrabas pacífico en la ciudad y te traicionó crucificándote fuera de la ciudad. Esa muchedumbre soy yo, Señor. Hoy te aclamo y mañana te niego. Dame la fidelidad que requiero para mostrarte mi amor en toda situación. Esa fidelidad de estar renovando día a día ese sí en la expresión de arrojarte el manto de mi existencia para tenerte verdaderamente como Señor. Una vez más, Señor, te aclamo rey de mi vida.

 

 

 

 

5 Dom Cuaresma cicloC

Juan 8:1-11  Descargar PDF

1 Mas Jesús se fue al monte de los Olivos.
2 Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles.
3 Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio
4 y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.
5 Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?»
6 Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acuasarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra.
7 Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.»
8 E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra.
9 Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio.
10 Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?»
11 Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.»

 

Para comprender la Palabra

 

El fragmento evangélico de hoy, aunque de San Juan, es muy cercano a los acentos que pone Lucas en el ministerio de Jesús: su misericordia para con los pecadores y los marginados (la mujer). Pasó la noche en oración en el Monte de los Olivos (Lc 21,37) y al amanecer va al templo (Lc 21,38). Se sienta como los rabinos para la enseñanza. La gente, maravillada por las enseñanzas y las obras de Jesús, se aproxima y le rodea para escucharlo.
Escribas y fariseos (testigos Dt 19,15), autoridades religiosas judías, garantes y especialistas de la ley de Moisés, recurren a él, llevándole una pecadora (mujer casada) sorprendida en adulterio flagrante, a la cual ponen en medio (forma de comparecer a juicio: Hech 4,7). Tanto Ex 20, 14; Lv 20,10; Dt 22,21; Ez 16,38-40 hablan de la pena de muerte para la adúltera. Buscan un motivo para acusarlo (Jn 8, 6). La trampa puesta a Jesús consiste: si resuelve el caso a favor de la mujer y la absuelve, viola unas prescripciones claras de la Ley de Moisés; si resuelve que debe ser lapidada, no dejará de tener problemas con los romanos, o, peor aún, contradecirse en su voluntad de acercamiento al pecador, de esos principios del perdón y misericordia por los que se ha guiado hasta ahora.


Jesús escribe sobre el suelo, y aunque hay muchas teorías sobre el significado de ese gesto (Jr 17, 13) y sobre el contendido escrito, lo mejor es pensar que si lo escrito hubiera sido algo importante no se hubiera dejado de consignar. El maestro discierne y decide mientras escribe en el suelo, pero no juzga a sus oponentes ni dicta sentencia contra la mujer.


A la insistencia de los acusadores, Jesús responde con la ley, citando el deber del testigo principal a comenzar el castigo mortal. La mujer, el pecado y la ley están en manos de los fariseos como unos simples juguetes para poner en falso a Jesús. Los acusadores y jueces de la adúltera y de Jesús pasan a ocupar el lugar de esa mujer y se convierten en sus propios acusadores y jueces. Sin juzgarlos, Jesús sale airoso. Por eso devuelve al pecado y a la ley toda su fuerza para hacerlos recaer sobre los acusadores. Los desenmascara y les pide que sean sus propios jueces con el mismo rigor que han usado contra la mujer. Y a la mujer la libera del círculo cerrado y acusador de sus enemigos.


Algunos se han apoyado en estas palabras para retratar, a su modo, a un Jesús liberal, y las han convertido en defensa ante los pecados sexuales. Jesús advierte que su interés por los fines de la Ley ya no es tan grande, pues en ningún momento reparan en la situación espiritual de la mujer ni se preocupan de saber si está arrepentida. Más aún, Jesús sabe que se están sirviendo de ella como de cebo para tenderle una trampa. Él continúa escribiendo hasta quedar sólo frente a la mujer y mantener el diálogo con ella. La mujer acusada será la única que podrá aprender. El juicio se resuelve por incomparecencia. Jesús no excusa el pecado y perdona, al mismo tiempo, a la pecadora: “No vuelvas a pecar”. Al final “dos se encontraron, la miseria y la misericordia” (San Agustín). La frase última del texto (“vete y ya no vuelvas a pecar”), típica de los relatos de milagro, expresa la nueva realidad que Jesús inaugura: el cambio de vida por una experiencia profunda de haber encontrado al “salvador”.


Para escuchar la Palabra
Identificados con los acusadores, podemos también nosotros, saber ocultar nuestros pecados sin abrirnos al amor de Dios y así incapacitarnos a ofrecer el perdón. Porque nos sentimos poco perdonados, porque estamos en conflicto interno con nosotros mismos, porque no estamos pacificados íntimamente es por lo que nos estamos volviendo acusadores, conflictivos y productores de discordias. ¿Cuáles serán esos pecados “olvidados” pero no perdonados, que no me hacen capaz de perdonar? Quien intenta ser bueno a base de condenar a su semejante, no respeta la voluntad de Dios ni logrará que su propio pecado permanezca escondido. ¿Cuál es mi actitud para con el hermano al que veo en situación de pecado? El conocimiento que logro tener de Dios por el estudio y mi práctica religiosa, ¿me lleva a relativizar, o incluso a “abusar” de la misericordia divina, justificando mi pecado y condenando el pecado ajeno?


El Señor no niega ni la culpa de la mujer ni la razón de la ley; se opone a que el pecador, por más oculta que permanezca su culpa, se haga juez del prójimo que ha pecado. Al final, cuando sólo él podía condenarla, pues sus acusadores habían desaparecido, le recomendará que no vuelva al pecado; librándola del castigo merecido, le da una nueva oportunidad; no le importa el pecado pasado, si es el último. ¿Valoro el amor de mi Señor, siempre dispuesto a ofrecernos una nueva posibilidad? ¿Si le sabemos así de bueno, a qué viene el que no nos sintamos con fuerza para confesarle nuestras infidelidades?, ¿Por qué tanto rubor en declararnos públicamente pecadores, si tenemos por seguro el perdón público y la defensa contra nuestros acusadores? Si nos faltan ánimos para buscar el perdón de Dios, es que nos falta fe en su voluntad de perdonarnos. ¿Por qué tener miedo a hacer público nuestro pecado, si Dios hará entonces pública su misericordia?

 

Para orar con la Palabra
¡Qué buena lección más das, Señor! porque pones al descubierto que los que nos tenemos por ‘justos’ pasamos señalando a los pecadores. ¡Qué buena lección más das, Señor! Ya que me haces descubrir qué tan grande es tu amor para los pecadores.


Me he creído bueno porque sé descubrir la maldad ajena ocultando la propia. Tu palabra me hace descubrir lo que tanto oculto: mi pecado. Y como no me sé perdonado tiendo a proyectar mis propias faltas en los otros. ¡Qué inconciente y falto de misericordia he sido! Y ¡qué ávido de ella me encuentro! ¡Qué fácil es señalar al otro culpándolo de lo que hay en mí, oculto!. Me apego a leyes y normas para justificar mi actitud inmisericorde.
También reconozco que estoy representado en la mujer pecadora. Puesto que mi miseria está a la vista de todos. Soy pecador público. He prostituido mi fe confiando en falsas seguridades. Hay realidades que ocupan mi corazón y mis atenciones que sólo tú deberías ocupar.


Quiero titular este evangelio como “Encuentro: misericordia – miseria”. De lo que estoy llamado a vivir y desde de la situación en que me encuentro. “Misericordia – miseria”. Hoy te pido que me ayudes a configurarme con tu corazón misericordioso, consiente de mi propia miseria, para tratar como tú tratas a los demás, sobre todo al hermano más débil. Que me sepa objeto de tu misericordia, desde mi miseria, para comunicarla perdonando de corazón a quien haya pecado.

 

 

 

 

4 Com Cuaresma cicloC

Lucas 15:1-3, 11-32  Descargar PDF

1 Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle,
2 y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos.»
3 Entonces les dijo esta parábola.
11 Dijo: «Un hombre tenía dos hijos;
12 y el menor de ellos dijo al padre: "Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde." Y él les repartió la hacienda.
13 Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino.
14 «Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad.
15 Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos.
16 Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba.
17 Y entrando en sí mismo, dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre!
18 Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti.
19 Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros."
20 Y, levantándose, partió hacia su padre. «Estando él todavía lejos, le vió su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente.
21 El hijo le dijo: "Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo."
22 Pero el padre dijo a sus siervos: "Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies.
23 Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta,
24 porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado." Y comenzaron la fiesta.
25 «Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas;
26 y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
27 El le dijo: "Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano."
28 El se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba.
29 Pero él replicó a su padre: "Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos;
30 y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!"
31 «Pero él le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo;
32 pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado."»

 

Para comprender la Palabra

 

La crítica actitud de Jesús para con los fariseos y escribas provoca la parábola de la misericordia por excelencia. Jesús, comiendo con los pecadores, manifiesta de una forma palpable y activa, la misericordia de Dios, centro del contenido de la parábola. Es el padre que con su amor pasa por encima de la irreflexión del más joven y la mezquindad del mayor. Es el padre que respeta la libertad, calla y espera en el amor. Su amor es más fuerte que cualquier pecado, por muy tremendo que éste sea. Es el padre, todo amor, que se adelanta a todo gesto de arrepentimiento; un amor que hace vivir al pecador, y que invita a reconstruir la fraternidad. Su ley es la misericordia y su justicia el perdón.


Sólo desde la misericordia del padre se comprenden las actitudes de los hijos. En el hijo menor se resalta su deseo de hacer su vida y tener nombre e identidad propios lejos del padre (Prov 29,3). Pide lo que no le corresponde aún y se aleja de casa y de toda protección y así deja el trato de amor familiar con la ilusión de la libertad y felicidad. Así, simbólicamente, el padre muere en su vida. Lejos del padre perdió su dignidad de hijo (y de hombre). El pecado aparece como la fuga de la condición humana hasta tocar límite (Lev 11,7). La muerte que merece por ley (Dt 21, 18-21) la encuentra por sus propias opciones. En el momento en que se encuentra en un callejón sin salida, el hijo menor calcula la posibilidad de volver a casa para saciar su hambre. La parábola describe tres momentos del itinerario hacia el padre: recapacitar (la imagen del padre amoroso hace nacer en él la seguridad del perdón)... ponerse en camino (la reflexión se traduce en acción)... volver al padre y la restitución de su condición de hijo (El vestido lo constituye huésped de honor, el anillo lo capacita de nuevo para proceder como hijo, las sandalias lo declaran hombre libre y sacrificando el becerro cebado se inicia la fiesta).


En el hijo mayor resalta la incapacidad de aceptar este amor “loco” y escandaloso del padre. El hijo mayor no sabe comprender que el amor del padre pasa por encima del pecado y no quiere participar en el banquete... Es el que nunca abandona ni la casa ni el trabajo pero está alejado porque su fidelidad es formal; su obediencia sin alegría ni amor; y, su corazón duro, incapaz de perdonar y acoger al hermano que se ha equivocado. Allí está reflejada la actitud intransigente de escribas y fariseos llamados a aceptar en los pecadores como propios hermanos, pues sólo así sintonizan en el corazón misericordioso del Padre y podrán celebrar el banquete auténtico. En tantos años de estricta servidumbre, el hijo mayor, no había descubierto ese “tú estás siempre conmigo y que todo lo mío es tuyo”.


Desconcierta la actitud del padre y desborda todas las expectativas. No le importa el honor. Por una serie de simbolismos expresa la recuperación del hijo (menor) e intenta recomponer la filiación y la fraternidad al hijo mayor que la ha perdido por su obediencia fría y rigorista. El motivo de la fiesta, digno de subrayar en este tiempo cuaresmal, es motivo pascual: “Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido”. En el padre misericordioso y el hijo perdido se expresa el amor. El perdón es la síntesis de dos amores: un amor muerto que resucita y un amor fiel que recibe. Así goza Dios: en la conversión del hombre (“no se goza en la muerte del pecador sino que cambie de conducta y viva”) y así hace fiesta con banquete, música y baile.

 

Para escuchar la Palabra
El hijo menor nunca dejó su conciencia de hijo, aunque un día dejara la casa paterna y enajenara los bienes de su familia; incluso después de su pecado se sintió hijo, por más indigno que se creyera. Eso fue lo que le salvó la vida y del pecado. Pero tampoco ese hijo se alejó del corazón del padre, por más lejos que marchara. Fue el padre quien seguía extrañando al hijo manteniéndolo vivo y presente en su corazón y en su casa. ¿Cuáles son las situaciones de vida que nos llevan a buscar felicidad fuera de nuestro Padre?, ¿Desde qué situaciones valoro la misericordia de Dios?, ¿Por qué retraso tanto mi regreso a la casa paterna, no será que no he descubierto ni mi pecado ni la misericordia divina?, ¿Qué decirle a nuestro Padre misericordioso una vez que me presente ante él con mi corazón arrepentido?, ¿Estoy dispuesto a celebrar el perdón y la misericordia de Dios?


El hijo mayor nunca abandonó el hogar y siempre vivió como siervo de su padre: vivía en casa sin libertad y con esfuerzo. Al padre no le es indiferente el hijo mayor, le habla con ruegos y exhortaciones conduciéndolo al amor fraterno. ¿Cuál es mi actitud con respecto a los hermanos arrepentidos?, ¿Estoy gozando como hijo de la cercanía de Dios Padre o su voluntad me pesa porque la llevo a cabo como siervo y no como hijo? Teniendo a Dios por Padre en Jesús, ¿cómo he cultivado la fraternidad?, ¿Comparto con mi Dios su alegría por la conversión del pecador?, ¿Qué actitudes en mi persona me asemejan a la actitud del hijo mayor?

 

Orar con la Palabra
Doble pecado cargo en mi persona, Señor, porque soy hijo alejado de la casa paterna y soy hijo intransigente con los que de ti se alejan. Estoy a un tiempo ávido de misericordia y duro para ejercerla. Doble pecado cargo en mi persona, Señor. Aunque me consuela saber que eres Padre que al hijo alejado le esperaste a que llegara y al verlo, desde lo profundo, te has enternecido. Me conmueve escuchar cómo corriste hacia él y con brazos al cuello extendidos, lo cubriste de besos y dispusiste a todos para celebrar una fiesta, aquella de Pascua: Porque un hijo muerto volvió a la vida y por haber encontrado al entonces perdido. También saliste al encuentro del que se negaba a compartir la fiesta pascual, del que estuvo junto a ti sin sentirte cerca. Dialogaste con el que aun siendo hijo vivía como siervo y le invitaste a gozar de tu cercanía, argumentándole que era suyo lo tuyo y tuyo lo suyo. Reiteraste, además, el motivo de la gran fiesta pascual: La vida del hijo antes muerto, el encuentro del que estaba perdido. Doble pecado cargo en mi persona, Señor. Yo soy el hijo doblemente alejado de la casa y de tu persona. El que quiso encontrar felicidad lejos de ti y el mismo que, aún cerca, no fue feliz. Doble pecado cargo, Señor, en mi persona. Y desde estas posturas en los hijos representados, lanzo a ti mi doble suplica: no permitas que jamás pierda la conciencia de hijo, cerca o lejos, derrochando o sirviendo, en la miseria o en el cumplimiento me sepa por ti amado, en la certeza de que tu amor es más fuerte que todos mis pecados no dejes de ser Padre: del arrepentido como del intransigente, del alejado como del vecino, del pobre penitente como del rico soberbio y continúa dialogando, invitando a celebrar la victoria pascual de la vida sobre la muerte, del encuentro sobre lo alejado y perdido. Padre misericordioso, doble pecado cargo yo, tu hijo doblemente alejado.

 

 

 

3 Dom Cuaresma cicloC

Lucas 13:1-9  Descargar PDF

1 En aquel mismo momento llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios.
2 Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas?
3 No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo.
4 O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén?
5 No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo.»
6 Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró.
7 Dijo entonces al viñador: "Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?"
8 Pero él le respondió: "Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono,
9 por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas."»

 

Para comprender la Palabra

El capítulo 13 de Lucas contiene mucho material que se encuentra sólo en este evangelio. Los dos fragmentos iniciales tienen como hilo conductor la llamada urgente a convertirse dirigida a los israelitas (pero no exclusivamente a ellos): ser miembros del pueblo de Dios no exime de vivir de acuerdo con su voluntad; al contrario, a mayor gracia ha de corresponder mayor responsabilidad.

Mientras hablaba Jesús del significado de la hora presente como de un tiempo de decisión fijado por Dios (Lc 12, 54-57), se presentaron algunos que le refirieron cómo el procurador romano, Pilato, había mandado degollar a algunos galileos en el atrio del templo mientras ofrecían sacrificios. Este hecho es ignorado por otras fuentes históricas, pero no es raro en el comportamiento agresivo y prepotente del procurador romano Pilato.

Las gentes estaban horrorizadas al ver derramada sangre humana, profanados los sacrificios y a los romanos atentando incluso contra lo que estaban consagrados a Dios. Instaban a Jesús a tomar partido. Los judíos decían: No hay castigo sin culpa y las grandes catástrofes presuponen graves pecados. Jesús enfoca el acontecimiento referido a la luz de su predicación acerca del sentido del tiempo presente. Jesús alude no a la conversión por determinado pecado, sino al cambio total del hombre ante la presencia del Reino de Dios. El llamado a la conversión es una conversión en la historia y teniendo en cuenta la vida cotidiana.

Los dieciocho habitantes de Jerusalén que habían sido víctimas de la catástrofe no eran más culpables que los demás habitantes de la ciudad. Sin embargo, lo sucedido es un aviso y un llamamiento a la conversión. Esto significa que los acontecimientos de la época son interpretados política y religiosamente. Toda muerte repentina, provocada por la maldad ajena o por “mala suerte”, debe hacernos mirar hacia nosotros mismos: tenemos un tiempo para nuestra vida y debemos aprovecharlo.

La parábola de la higuera estéril está destinada a interpretar el tiempo de Jesús. Se apoya en la simbología bíblica (Jer 18, 12; 24, 1s.; Os 9, 10; Miq 7, 1). La última oportunidad que pide el viñador simboliza la última oportunidad que Dios nos da. Es el último plazo de gracia que el Hijo de Dios recaba de su Padre. Israel es la viña y el tiempo de Jesús es la última posibilidad de tomar decisión causada por el amor de Jesús. Su obra es intercesión por Israel y juntamente acción encaminada a conducir a Israel a la conversión. El tiempo final ha llegado. Es la oferta hecha por Dios para que se tome decisión, es invitación a la conversión y a la penitencia. Dios está dispuesto a tener paciencia un poco más, pero esta prueba de amor, lejos de autorizar la obstinación en el mal de quien debe convertirse es una última invitación, por una decisión; en el caso contario, no se podrá evitar el juicio decisivo de Dios: “El año que viene la cortaré”.

Para escuchar la Palabra
Una desgracia repentina, una muerte inesperada o matanzas injustas suelen despertar el cualquiera de nosotros interrogantes insolubles: ¿Por qué, Dios mío? Es natural que ante el mal o la maldad acudamos a Dios pidiendo una explicación. Allí donde la gente veía un peligro y castigo, Jesús descubre un aviso de Dios, una última oportunidad para la conversión que estaba exigiendo. La presencia del mal, presencia inevitable e irritante, es una llamada a la conversión. ¿Cuáles son esos acontecimientos actuales donde descubro el llamado de Dios a la conversión?, ¿Cómo suelo interpretar las catástrofes y las matanzas injustas? En el tiempo actual, ¿acepto y respondo a la invitación de conversión que el Señor me brinda?

Jesús deja a sus interlocutores inquietos con sus problemas y les advierte que no se han planteado todavía la cuestión decisiva. Quienes preguntaron a Jesús no sufrieron el mal, sino que reflexionaron sobre el dolor ajeno. Y les da una advertencia narrando la parábola de la viña. Como a la higuera sin frutos, se nos ha concedido un plazo más, una oportunidad última. Inútil sería que, por pensar en el mal que puede cebarse en nosotros, dejemos de hacer el bien que Dios espera de nosotros. El mal que nos debe preocupar es el bien que no hacemos a los demás. ¿Por qué siempre pretendemos ir lejos de nuestros interrogantes? ¿Por qué quejarse siempre de lo malo que es el mundo, de lo malo que son los demás, cuando podíamos descubrir tanta maldad en nosotros mismos como la achacamos a los demás? El mal que existe a nuestro alrededor nos debe hacer mejores: mientras se esté dando, podemos perdernos y perder a Dios.

Para orar con la Palabra
Señor, como la gente de tu tiempo estoy turbado ante esta realidad tan obvia y omnipresente como es el mal, ese mal del que no podemos huir, un mal que hace frágil y perecedero en un momento al bien. Y en medio de mal de nuestra historia (matanzas injustas), de la naturaleza (catástrofes) y de mi persona (pecado), reconozco mi propia necesidad y carencia. Yo soy quien, con la mejor intención, aunque muy “académicamente”, te pregunto por el sentido del dolor. Desde tu Palabra sé que estoy llamado a remediar todo mal, propio o ajeno, pero hasta ahora pocas veces logro interpretar en él tu llamada a la conversión. Menos mal que como a la higuera sin frutos me concedes hoy un tiempo más, una oportunidad última. Ayúdame a tenerte, mientras vivo la experiencia del mal, como mi Bien supremo, como el único que puede librarnos definitivamente de él. Que escuche tu voz también en la experiencia del mal y que me convierta a ti, Bien seguro y permanente.
Desde mi pecado te clamo haciendo mía la súplica del poeta: “Levántame Señor, que estoy caído, sin amor, sin temor, sin fe, sin miedo; yo propio lo deseo, y yo lo impido. Estoy, siendo uno solo, dividido: aun tiempo muerto y vivo, triste y ledo; lo que puedo hacer, eso no puedo; huyo del mal y estoy en él metido. Tan obstinado estoy en mi porfía, que el temor de perderme y de perderte jamás de mi mal uso me desvía. Tu poder y bondad truequen mi suerte: que en otros veo enmienda cada día, y en mí nuevos deseos de ofenderte”.



 

2 Dom Cuaresma cicloC

Lucas 9:28b-36  Descargar PDF

28 Sucedió que unos ocho días después de estas palabras, tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar.
29 Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante,
30 y he aquí que conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías;
31 los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.
32 Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
33 Y sucedió que, al separarse ellos de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía.
34 Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor.
35 Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle.»
36 Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

 

Para comprender la Palabra

 

Jesús, como buen maestro, tras las duras palabras acerca de su destino y el de sus discípulos, les revela que el camino de la cruz no tiene un final trágico, sino esperanzador. San Lucas coloca este pasaje después del primer anuncio de la pasión, muerte y resurrección que une a la llamada a los que quieren seguir a Jesús en su camino de subida a Jerusalén. La transfiguración se encuentra dentro de este contexto de seguimiento en la fe. Este episodio tiene la función de dar ánimo a los discípulos ante la perspectiva del camino de la cruz que puede provocar no sólo rechazo instintivo, sino también dudas sobre la divinidad del Maestro, al que pronto han de ver rechazado, condenado, crucificado…

Pedro y sus compañeros, en el monte de la transfiguración pudieran estar entusiasmados y hasta quieren quedarse para siempre en él. Aceptan la gloria, pero no el camino de la gloria, que es la cruz. Y así escandalizados y resistentes ante el anuncio del seguimiento, Cristo le hace vivir una experiencia para convencerles del paso necesario de la entrega de sí y de la victoria final. Que la cruz no es destino, sino camino para la gloria.

Importa subrayar la alusión a la plegaria, típica de los momentos culminantes de la filiación divina de Jesús. “Mientras ora” es cuando Jesús es proclamado Hijo de Dios por la voz misteriosa, tanto en el Jordán (bautismo) como en la montaña (transfiguración); es la perspectiva del término del camino, de la gloria que se ha de revelar: Jesús sube a la montaña. La transfiguración se produce precisamente en este momento de profunda intimidad con el Padre: Cubierto por la nube (símbolo del Espíritu) de la presencia gloriosa de Dios. Y la alusión – exclusiva de Lucas – al contenido del diálogo con los misteriosos personajes gloriosos: “hablaban de su muerte” (éxodo), que iba a consumarse en Jerusalén”.

Los tres discípulos son puestos sobre aviso acerca de lo que un día los escandalizaría y haría titubear su fe: la muerte de Jesús. Éstos, que acompañaban a Jesús para orar con él, asisten al milagro rendidos por el sueño, el despiste y el susto. ¡Mal papel hicieron esos discípulos íntimos! Las vestiduras “se hicieron blancas y relampagueantes”. El “vestido” indica todo lo que puede ver una persona, es la visibilización de su interior. “Vieron su gloria” es una expresión semita que significa que comprendieron todo el alcance de la personalidad salvadora de Jesús. Hay una clara determinación a no hablar de la gloria de Jesús, “en aquellos días”, es decir, antes de los acontecimientos pascuales; mientras que en los otros evangelistas es el mismo Jesús el que ordena silencio; en Lucas, en cambio, la predicación evangélica vendrá de la fuerza del Espíritu, al cumplirse los días de Pentecostés.

La simbólica presencia de Moisés y Elías expresa que al fin y al cabo esto era lo anunciado por todo el Antiguo Testamento, tanto por la Ley (Moisés), como por los profetas (Elías). Los dos personajes, Moisés y Elías, han experimentado en sus vidas este número simbólico: cuarenta días en el monte, Moisés; cuarenta días de viaje hacia el monte Horeb, Elías.

Para escuchar la Palabra
No siempre las manifestaciones de Dios nos encuentra suficientemente preparados. Los discípulos son quienes comparten con Jesús su vida, la predicación por el Reino y la invitación a la oración. ¿Mi cercanía con Jesús, me lleva a reconocer la invitación a compartir su oración?, ¿He sabido aprovechar la oración junto a Jesús en intimidad con su Padre, o me he dejado vencer por el sueño, el cansancio e incluso la incomprensión? Quienes subieron al monte a orar con Jesús, tuvieron que bajar para continuar el camino a Jerusalén, en la entrega total, ¿cuáles son las consecuencias de mi encuentro con el Señor?

Los discípulos que aceptaron la invitación de Jesús a rezar junto a él, terminaron por tener a Dios junto a ellos. Primero compartieron oración y silencio con Jesús, luego oyeron a Dios y vieron a su Señor estupendo. Fue la voz de Dios quien mejor les reveló la identidad de Jesús. Dios se deja ver para hacer saber la verdadera identidad de Jesús a unos discípulos escogidos. Lo que Dios nos dice sobre Jesús es más revelador que lo que logramos ver en él. ¿Dejo que Dios, por su Palabra, me diga quién es Jesús (“Este es mi Hijo, mi escogido”) y estoy dispuesto a la obediencia (“escúchenlo”)? Encontrar un rato para rezar juntos, a solas con él en el monte y a solas con Dios junto a él, les llevó descubrir en Jesús lo que hasta entonces no habían percibido en él. Rezando junto a él, oyeron del mismo Dios que les habló revelando quién era el Hijo y pidiéndoles obediencia. ¿No será que impido al Señor que se me transfigure cuando no acepto su invitación a la oración?, ¿No seré yo mismo el causante al no compartir con Jesús la oración de que Dios no me revele la identidad profunda del Hijo? ¿Cómo continuar siguiendo a un maestro que ya no me entusiasme debido a que le desconozco?

Para orar con la Palabra
“Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo” (Monos pros monon). Solo, Señor, doblemente te has quedado. Pasó la nube, se escuchó la voz y volviste a encontrarte bajo el horizonte de la cruz. Sólo. Cesó la voz y quedaste tú solo. Ya antes buscaste compañía entre tus discípulos, invitándolos a la oración. Ellos por su parte durmieron, vieron tu gloria, temerosos escucharon la voz, hablaron sin comprender y, al final, también su palabra cesó. Cuando cesó la voz, qué tan sólo Señor te quedaste. Hoy, sigues invitándome como discípulo a la oración, deseas presentarte divino a mi vista y, a veces, te dejo solo.

Que me pese, Señor, tu soledad. Esa soledad que con mis silencios te he provocado. Impulsa mi corazón al amor capaz de compartir contigo aquellos momentos de mayor intimidad. Que ni mi sueño, ni la incomprensión, ni mis silencios continúen provocando aquella soledad terrible por la ausencia de la palabra.

Los primeros discípulos rezando contigo se sintieron felices de estar junto a ti. Rezando junto a ti, oyeron la voz del mismo Dios quien te presentó como su Hijo querido. ¿En qué estaré metido cuando tu preocupación básica es orar junto a mi y conmigo? Ayúdame, Señor, a permanecer a tu lado para que puedas mostrarte como realmente eres, cuando tú quieras. Cualquier esfuerzo y espera por verte tan cercano y tan divino valdrá la pena.

 




 

I Dom Cuaresma Ciclo C

Lucas 4:1-13  Descargar PDF

1
Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto,
2 durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre.
3 Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.»
4 Jesús le respondió: «Esta escrito: No sólo de pan vive el hombre.»
5 Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra;
6 y le dijo el diablo: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero.
7 Si, pues, me adoras, toda será tuya.»
8 Jesús le respondió: «Esta escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto.»
9 Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo;
10 porque está escrito: A sus ángeles te encomendará para que te guarden.
11 Y: En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna.»
12 Jesús le respondió: «Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios.»
13 Acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno.

 

Para comprender la Palabra

 

Ya es común que al inicio de la cuaresma escuchemos esta escena de las tentaciones de Jesús en el desierto. En ellas se simboliza se simboliza no sólo las amenazas que acecharon su camino, sino también las que amenazan a todo cristiano tras su bautismo.

Esta escena introduce su ministerio público. Ya el evangelista ha presentado la condición de Jesús como Hijo de Dios y la presencia en él del Espíritu Santo (ambas expresiones aparecen dos veces a lo largo de este relato). Lucas ahora destaca: el carácter itinerante de estos días: “durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto” (como a Israel por cuarenta años, y hoy a la Iglesia por cuarenta días); Jesús es itinerante y la historia salvífica, un camino; Jesús es presentado como “lleno del Espíritu Santo”; las tentaciones culminan en el templo, lugar santo donde Dios debe ser adorado. Jesús tentado y victorioso es modelo e imagen de lo que la Iglesia se propone realizar durante la cuaresma: renovarse en el camino hacia la Pascua.

Esta escena evangélica está llena de significado; simboliza y sintetiza la identidad del mesianismo de Jesús, como Hijo de Dios. Jesús se dispone a empezar su anuncio del Reino. Y aquí se plantea qué es lo que ha de significar su misión. Las tres escenas de la tentación describen a Jesús como Hijo de Dios, obediente a la voluntad del Padre. Las citas de la Palabra de Dios, además de revelar la familiaridad de Jesús con la Sagrada Escritura, se citan los pasajes donde el pueblo tentado cayó fallándole a Dios. Y allí donde el pueblo falló, Jesús salió victorioso.
Las tres tentaciones están bien caracterizadas. Lucas les da el siguiente orden: desierto, visión de todos los reinos del mundo y alero del templo de Jerusalén. Son la propuesta a Jesús que actúe (buscando eficacia evangelizadora) por otros caminos diferentes (o contrarios) al contenido mismo de lo que quiere anunciar: el amor fiel, como única manera de vivir que realmente humaniza y diviniza. La posesión del Espíritu de Dios y su dominio de la Palabra lo conducirán a una triple victoria: victoria sobre la necesidad vital, victoria sobre su sed de poder y victoria sobre su propia conciencia de ser hijo de Dios.

El Espíritu es protagonista de la vida de Jesús, es la fuerza que lo lleno y el impulso que lo lleva al desierto. Y esto desde el principio, pues ya su concepción es precisamente obra del Espíritu, como afirma el “evangelio de la infancia” (Lc 1-2). Además, es también durante su bautismo cuando la voz del cielo revela su condición de Hijo de Dios. Y es justamente esta condición la que es puesta a prueba por el diablo: “Si tú eres el Hijo de Dios…”

El relato de las tentaciones condensan de modo ejemplar algo que no se produjo sólo en un momento de la existencia de Jesús, sino que lo acompañó toda su vida y su misión: la tentación de manifestarse de modo llamativo como Mesías e Hijo de Dios. Nosotros, los bautizados tenemos que enfrentarnos a la tentación al igual que Jesús. Pero, como él, también contamos con la fuerza del Espíritu y la luz de la Palabra de Dios. Éstas nos ayudan a superar todos los obstáculos que se nos presentan en nuestro camino de hijos de Dios, llamados a hacer la voluntad del Padre.

Para escuchar la Palabra
Jesús fue tentado. El relato es evangélico. La tentación no es separación sino oportunidad para quedarnos con Dios. La tentación la tienen los hijos de Dios, no los extraños. Sólo los hijos experimentan la tentación de renegar del Padre. Jesús experimentó como hijo dudas, rebeldías, ansias de libertad semejantes a las que nosotros tan a menudo sentimos. El creyente tentado no es el más débil sino quien más posibilidad tiene de mostrar su fortaleza. Quien ha sido probado, ha probado su fidelidad. ¿Cuáles son mis tentaciones como hijo? ¿Creo que, como Jesús, yo también soy hijo de Dios y puedo vencer la tentación? ¿Cómo nos podemos ayudar unos a otros?

La manera como Jesús hizo frente saliendo victorioso ¿es mi manera de afrontarlas y superarlas? ¿A qué suelo recurrir para enfrentarlas? Si la tentación es el camino para quedarnos de forma más consciente con Dios, nuestro Padre, hasta de ellas tendríamos que dar gracias. ¿Cómo ilumina este pasaje mi modo de vivir el compromiso cristiano?

En las tres tentaciones, Jesús probó su tentación como Hijo de Dios y dejó probada su filiación. En las tres tentaciones, el Hijo dejó que Dios sea Dios y ése fue su éxito frente al tentador: el hambriento que prefiere el querer de Dios como alimento (1); el necesitado de poder se pone a disposición de Dios (2); y el que sabiéndose hijo, opta por no tentar a su Dios (3). Desde entonces los hijos no rehusamos la prueba ni tememos sucumbir en ella. Quien posea el Espíritu de Jesús y la obediencia a la Palabra saldrá victorioso de cualquier prueba, porque sabrá contar con Dios incluso cuando la tentación ponga a prueba su fidelidad. ¿Cómo me identifico como hijo con las tentaciones del Hijo, en su victoria de cada una de estas tentaciones, qué me revela de Dios, nuestro Padre?, ¿Habrá alguna situación de mi vida que impida a Dios que se me manifieste como auténtico Padre? ¿Cómo iluminar mis propósitos cuaresmales desde esta Palabra que Dios me ha dirigido al inicio de este tiempo de gracia?

Para orar la Palabra
Dios y Padre Nuestro, fija tus ojos en tu pueblo, contempla a tus hijos que, como peregrinos hacia la tierra prometida, te invocan desde la prueba del desierto y desde el desierto de la aridez de los tiempos. Haz que nunca echemos de menos el pan de tu palabra; haz que no corramos tras el espejismo de los falsos dioses de nuestro pensamiento ni de las quebradizas obras de nuestras manos. Fortalécenos y guíanos con tu Santo Espíritu y concédenos servirte sólo a ti con el corazón renovado por la conversión.

Desde el desierto de nuestras tentaciones elevamos nuestro corazón para que nos eches una mano. Sentimos hambre de tener cosas y más cosas, ayúdanos a alimentarnos del pan de tu Palabra para que te sintamos cerca. Sentimos también el deseo de mandar sobre los demás. Danos tu Espíritu que nos haga capaces de servirte sólo a Ti y a los que están cerca de nosotros con un corazón nuevo. Muchas otras veces queremos destacar, aparentar ser de los mejores. Danos la humildad de Jesús, sentirnos pequeños, entre tus manos, acompañados por tu presencia en este lugar de desierto.

 

 



 

8 Dom Ord cicloC

Lucas 6:39-45  Descargar PDF

39
Les añadió una parábola: «¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?
40 No está el discípulo por encima del maestro. Todo el que esté bien formado, será como su maestro.
41 ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo?
42 ¿Cómo puedes decir a tu hermano: "Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo", no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano.
43 «Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno.
44 Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas.
45 El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca.

 

Para comprender la Palabra

 

 

Este texto forma parte del tercer fragmento del “discurso del llano”. Las comparaciones y sentencias de la presente perícopa se sitúan en un contexto en que se exige la superación de una actitud de juicio (de dominio) respecto a los otros. Ya los dos versículos antes (37-38), presenta una existencia convertida en regalo hacia los otros. En este contexto se entiende las tres pequeñas fragmentos unidos que componen nuestro actual texto.

Se pueden distinguir tres enseñanzas: la primera, en su origen parece ser un refrán de aquel tiempo y se refiere al ciego que pretende conducir a otro ciego en el camino. Es un gesto que esconde la tendencia de dominio. Lo que parece amor (ayuda al necesitado) se identifica con un rasgo de egoísmo: guiando al ciego me comporto como dueño de su destino. Uno no debe creerse demasiado sabio ni pretender dirigir a los demás, sino que tiene que conocer cuáles son sus propias posibilidades y la necesidad que todos tenemos para aprender y buscar luz. El discípulo siempre debe estar en estado de aprendizaje, intentando llegar a ser como su maestro, Jesús.

La segunda enseñanza nos dice que el discípulo se mantiene en la línea del maestro. Jesús, el maestro verdadero, no ha querido arrogarse el derecho de guiar en el camino al ciego y dominarlo. Él no se ha permitido juzgar a los demás, sino que les ayuda; no ha intentado sacar provecho de ellos sino que les ofrece lo que tiene. Nadie debe pretender corregir a los demás sin haber mirado antes si en él mismo se tiene algo por corregir. El texto es desmesuradamente hiperbólico (¡una viga en el ojo!), pero es que también es absurda la pretensión de arreglar la vida de los demás cuando uno tiene tantas cosas por arreglar de la suya. La exageración de la imagen muestra que Jesús debía tener especial interés en prevenir a sus discípulos ante esta manera de actuar, y que debía pensar que era muy fácil caer en ella. No podemos dominar a los demás ni condenarlos por aquello que a nosotros nos parezcan sus defectos. Resulta que ningún hombre es dueño de los otros; nadie tiene, por lo tanto, el derecho de imponer su criterio sobre los restantes hombres. Antes bien, el discípulo del Señor ha de correr el camino de la autocorrección y subsanar sus deficiencias. El auténtico discípulo tiene que actuar con los mismos criterios de su maestro: con humildad y sin juzgar el interior de nadie. Sólo así podrá convertirse en maestro de los demás, capaz de proponer cambios; sólo así podrá llevar a cabo la corrección fraterna.

La enseñanza tercera, es una enseñanza sobre la manera de actuar y las actitudes de fondo, que se puede leer desde dos posiciones: sobre los hechos, el modo de hablar y de actuar, los frutos, lo que muestra quién es y cómo es cada persona; y, por otra parte, el saber: qué llevamos dentro, qué criterios y qué actitudes de fondo nos mueven a actuar. Si llevamos tesoro de bondad aflorará frutos de bondad. Si llevamos maldad nuestro fruto será la maldad. Por tanto, hay un modo de ser, una manera de entender la vida y las relaciones con los demás que es la del Reino, y otra, que es contraria. Lo que importa, lo que determina la cualidad de una persona son sus frutos, es decir, las obras concretas que realiza en favor de los demás.

Para escuchar la Palabra
Jesús presenta ciertas condiciones que ha de reunir quien pretenda presentarse como líder y maestro: quien no tiene visión suficiente y honestidad probada, quien desea guiar sin haber sido guiado, es un impostor, indigno de ser seguido. Sólo es digno de responder de los demás quien ha sabido responder de sí mismo. Quien no ha aprendido, mal puede enseñar; quien no es bueno con los demás todavía, no debería pedir, mucho menos exigir, bondad de ellos. ¿Me mantengo, como discípulo del Señor, aprendiendo de Él? ¿Qué actitudes concretas me invita a revisar?

Tendría que cuestionarnos en nuestra vocación apostólica, no sólo en el ministerio de guiar a los demás la capacidad de aprender directamente de su querer. Deberíamos aventurarnos por ser guiados por Jesús sin que sea suplantado por nadie. Suele suceder que perdemos tiempo en sanar de minucias a los demás, porque nos negamos a reconocer nuestras grandes dolencias. Y no es que debamos volvernos insensibles ante los demás sino que, antes, tenemos que sensibilizarnos con nuestro propio estado. Mirándonos a la luz de Dios, repararemos mejor en nuestros defectos y tardaremos más en descubrir los de nuestro prójimo. Y es que no va a ser por lo que los demás piensen de nosotros ni por cuanto digamos ser nosotros mismos, sino por la calidad de nuestra vida, por lo que seremos reconocidos como discípulos de Jesús. ¿Cómo suelo reaccionar ante los defectos de los demás? ¿Anida en mí una actitud de dominio? ¿Soy fácil para juzgar a los demás?

Como el árbol bueno, cuyos frutos buenos le caracterizan, al maestro cristiano se le reconoce por el bien que da de sí, por la bondad que explicita en sus obras, por la cordialidad que manifiestan sus palabras. Según Jesús, la bondad, más que buen sentimiento, es acciones provechosas para los demás. ¿Cuáles son los frutos que produce o debería producir en mí la vivencia de la fe?

Para orar con la Palabra
Quiero hacer mía, en esta ocasión la oración de san Ambrosio para decirte: Señor Jesús porque tú me has concedido trabajar para tu Iglesia, bendice siempre los frutos de mi trabajo. Pero, antes de todo, dame la gracia de saber compartir con los pecadores desde lo más profundo de mi corazón. Esta es la virtud suprema, porque está escrito: “No te alegras de los hijos de Judá en el día de su desventura y no te glorías insolentemente cuando están oprimidos por el mal”. Concédeme tener compasión cada vez que sea testigo de la caída de un pecador; que yo no lo castigue con arrogancia sino llore y me aflija con él. Haz que llorando por mi prójimo, llore también sobre mí mismo y me refiera las palabras: “Tamar es más justa que yo” (Gn 38, 26)

 



 

4 Dom Ord cicloC Lucas 4:21-30   Descargar PDF

21 Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy.»
22 Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»
23 El les dijo: «Seguramente me vais a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria.»
24 Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria.»
25 «Os digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país;
26 y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón.
27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.»
28 Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira;
29 y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle.
30 Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.

Para comprender la Palabra
Este domingo se continúa la escena de la sinagoga de Nazaret del domingo pasado. Jesús se ubica, según Lucas, en el norte de Palestina, en una región periférica: Nazaret. Nazaret era una población pequeña, casi desconocida. Ahí Jesús había pasado su infancia, su adolescencia y ahí se había preparado para su ministerio público. Ahí pasó 30 años de su existencia trabajando como cualquier hijo de familia. Por eso todos lo conocían.

Jesús presenta su mesianismo de liberación social, histórica, para toda persona sin distinción. El texto que proclamó que Jesús proclamó lo hace no sólo mensajero de una buena noticia, sino es quien realiza el anuncio de la salvación. A diferencia del texto citado de Is 61, 2b, Jesús se presenta Mesías sin condena para nadie. No es guerrero o un ser celeste, sino el que librará de la esclavitud trayendo una noticia de alegría y de gracia. El Mesías es, ante todo y por encima de todo, el que imparte la salvación, y no el juez que condena. La gracia de Dios había llegado a su plena eclosión. Jesús comenta el texto profético declarando el cumplimiento de ese pasaje: “Hoy”. No lo aplica explícitamente a su propia persona, sólo invita a sus oyentes a estar atentos a los signos que se pueden percibir y que anuncian esa novedad ya presente.

La reacción de sus coetáneos es doble: por una parte: “Todos ellos le daban su aprobación…”, es decir están de acuerdo en todo lo que está afirmando; pero, por otra, de rechazo. Este rechazo de los suyos es por dos razones. La primera se basa en la persona de Jesús: “¿No es éste el hijo de José?” Los que así preguntan han supuesto que el Mesías de Dios ha de mostrarse de una forma externa, esplendorosa, desconcertante. Dios se identifica para ellos con el misterio, con aquello que se impone ante la mente, pues procede desde fuera de la tierra. De lo humano, en que se revela la gracia de Dios, nace la repulsa. El hijo de José, que dicen conocer, no merece su crédito. La segunda razón es semejante: quieren milagros. Quieren tener una seguridad absoluta y necesitan que Dios les demuestre su verdad. Por eso se escandalizan de la figura de Jesús y terminan dejándolo al lado. El hijo de José, Jesús de Nazaret, no piensa como el resto del pueblo sino predica la salvación como una oferta para toda persona. ¿Quién se cree ser?

Para argumentar su postura mesiánica Jesús recurre a dos ejemplos hirientes: una viuda pagana, de Sarepta, fue la única que escuchó la profecía de Elías (1 Re 17) y un sirio pagano fue el que dio eco a Eliseo (2 Re 5). “Ninguno de ellos fue curado” es una dura crítica a la infidelidad antigua, probablemente, sonó igualmente dura a la gente de Nazaret. Podemos medir la convulsión de este tipo de planteamientos ante un auditorio que ha hecho de la religión establecida su fuerza y que ha cultivado siempre la certeza del derecho a lo divino.

Israel siempre ha respondido con la muerte de la profecía cuando ésta ha desvelado su pecado histórico (Cf. Mt 23, 35). Israel no acepta un mesianismo liberador y universalista. La violencia es la constatación de su correcta comprensión del planteamiento de Jesús y de su rechazo. Así Lucas presenta la obertura de la acción de Jesús. Jesús es expulsado de la comunidad de su pueblo, condenado como blasfemo y entregado a la muerte.

Jesús “se abre paso”. El Reino irá adelante, aunque los costes sean altos. Jesús “se aleja” de quien se apropia de la vida y priva de ella a los demás; desde esa lejanía lanza su mensaje de cambio y su exigencia de justicia.

Para escuchar la Palabra
Los paisanos se niegan a aceptar que uno de ellos pueda satisfacer las promesas de Dios. Jesús les advierte que pueden perder su oportunidad de creerle y ver la salvación esperada. Es trágico comprobar que quienes mejor preparados estaban para recibir a Jesús perdieron su oportunidad, perdieron a Jesús y se perdieron ellos por querer signos y creerse que le conocían bien. Hay un conocimiento que encasilla, que domestica al otro que nos impide dejarlo ser. ¿Cómo es mi conocimiento de Jesús? ¿Me sigue sorprendiendo? ¿Le dejo ser como él quiere ser en mi vida?

Nosotros también si necesitamos pruebas para aceptarle, o si creemos conocerle porque nos resulta familiar, corremos el riesgo de perderle. Nuestro saber sobre Dios nos lo ha hecho tan familiar, tan a nuestro alcance, tan como nosotros lo pensamos y lo queremos, que no le dejamos ser lo que Él desearía ser para nosotros. No nos damos cuenta de que pedir signos a Dios es dudar de Él. ¿Será mi caso? Quien pone condiciones a Jesús, se sitúa fuera del alcance de sus promesas: no verá lo portentoso que puede ser.

Jesús negó a sus paisanos lo que no había rehusado a los extraños: esos signos que le acreditaban, esos hechos que conferían credibilidad a sus palabras. Jesús no hizo ningún milagro entre sus paisanos, porque no creyeron en sus palabras, porque para creer necesitan previamente el apoyo de hechos portentosos.

Una buena forma para quedarnos sin Dios es querer quedarnos con Él sólo por lo que nos da, únicamente si nos sirve. Debemos aceptar a Dios en nuestras vidas, como es Él y como quiera serlo para nosotros, y no según lo que nosotros esperamos que sea o como deseamos se comporte con nosotros. ¿No es verdad que a menudo nos preguntamos de qué sirve mantener fidelidad a un Dios que no nos da prueba, constante y sonante, de su amor? ¿O no es cierto que, al parecer, siguen siendo los alejados, quienes menos o peor le conocen, los más agraciados?

Para orar con la Palabra
Señor Jesús, como en aquellos días de tu ministerio en Nazaret, hoy tú estás en medio de nosotros como extranjero. También yo presumo conocerte y a veces pretendo verificar tu acción y tu palabra. Busco la verdad pero no quiero acoger aquella que no coincida con nuestras ideas; quiero un salvador pero no te reconozco si no es según mis expectativas.

Considero que mi vida cristiana resulta aburrida y sin aliciente porque me he habituado a tenerte con una imagen que doy por conocida, que no me sorprende ya, y que hasta defraudas porque no cumples lo que te suplico. No me atrevo a pensar que tú, Señor, colmarás mis mejores esperanzas. Señor Jesús, puesto que aún no gozo del todo de cuanto nos prometiste, continúo esperanzado en tus promesas; puesto no siempre has sido tan bueno como yo esperaba o lo necesitaba, eso me lleva a rogarte que así lo seas y a vivir esperándote.

Como tus paisanos, también yo, me escandalizo de ti y te pongo al margen de mi vida. Ya te conozco lo suficiente como para esperar algo nuevo de ti. Y cuando te oigo pido las pruebas que te acrediten lo que dices ser. Ayúdame a no darte por conocido y a aceptarte tal como tú quieres ser para mí. Que habiéndote conocido desde la infancia cultive la apertura para aceptarte como mi salvador. Quiero darte mi aprobación y admirar tu sabiduría no sólo cuando me das por mi lado, sino siempre por ser quien eres: el Mesías de Dios. Amén.


2Dom Ord cicloC Juan 2:1-11   Descargar PDF


1 Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús.
2 Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos.
3 Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino.»
4 Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.»
5 Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que él os diga.»
6 Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una.
7 Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua.» Y las llenaron hasta arriba.
8 «Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala.» Ellos lo llevaron.
9 Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio
10 y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora.»
11 Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos.

Para comprender la Palabra
La escena que recoge este relato del cuarto evangelio es sobradamente conocida. Se desarrolla en Caná de Galilea, se celebra una boda, a la que asisten como invitados, María y Jesús con sus discípulos. Llega a faltar el vino. Nada de extraño teniendo en cuenta la forma de celebrar las bodas en la época. La celebración se prolonga durante ocho días. Ya entonces existía la costumbre de los regalos y el consiguiente compromiso, por parte de los esposos hacia quienes se los hacían. Ante esta situación de verdadero aprieto para aquella familia, María expone a Jesús la necesidad.

La respuesta de Jesús resulta desconcertante, casi escandalosa. Sobre todo si se tiene en cuenta que el sentido de la frase no es “qué nos importa a nosotros ó que tenemos que ver nosotros en este asunto”, sino “qué hay entre nosotros dos”, o “con qué derecho me diriges esta palabra de petición”. ¿Cómo puede un hijo decir esto a su madre? Entre ellos existe la relación más entrañable y profunda que puede darse: relación de maternidad-filiación.

Nótese que en este evangelio María sólo aparece aquí, en Caná de Galilea, comienzo de la vida pública, y en la cruz, fin de la vida pública de Jesús. La razón que Jesús da de sus palabras es que no ha llegado su hora. Normalmente se entiende que es la hora de hacer milagros. María le habría pedido un milagro y, como no había llegado la hora de hacerlo, Jesús contesta de la forma que lo hace. Pero por la petición de María se adelanta la hora de hacer aquel milagro.

Este concepto de la hora apoya lo que dijimos anteriormente. María no debe intervenir hasta que llegue la hora, de ahí que María aparezca de nuevo bajo la cruz, “cuando había llegado la hora”.
Jesús se dirige a su madre llamándola “mujer”, en las dos ocasiones: en Caná de Galilea y en la cruz. Quiere poner de relieve que se trata de la mujer que se haya tan íntimamente asociada al misterio de la redención desde las primeras páginas de la Biblia.

¿Pidió María un milagro? María pide ayuda. Y en esta ayuda no puede excluirse el milagro y lo pide con plena confianza y esperanza de que su hijo lo arreglaría. Por eso se dirige a los sirvientes indicándoles que hagan lo que Jesús les mande.

Las tinajas ahí existentes tienen también una finalidad de enseñanza. Son mencionadas, no sólo por ser recipientes de agua, sino porque el agua estaba destinada a las purificaciones de los judíos. El evangelista viene a decir que el rito de purificación, mediante el agua, es ineficaz y queda remplazado, por el vino de la nueva alianza.

La abundancia de vino (más de 500 litros), indica la presencia del tiempo de la salud. La abundancia de vino es recurso frecuente en el Antiguo Testamento y en el judaísmo para describir el tiempo último. ¿Alusión a la eucaristía? Probablemente. Pero sí la llegada del Mesías

Así Jesús, en este primer signo, manifestó su gloria. Es una epifanía. Manifestación de Dios en él. Manifestación que tiene como exigencia de respuesta la fe en su persona.

La intención primera del signo de Caná es, por tanto, cristológica. En segundo lugar, mariológica. Porque el argumento procede, de menor a mayor: si cuando no había llegado la hora, Jesús realiza un milagro por la petición de María, ¡Cuánto más eficaz será su poder de intervención cuando haya llegado dicha hora! La hora de María coincide con la de Jesús.

Para escuchar la Palabra
La primera manifestación pública de Jesús en el evangelio de san Juan tuvo un comienzo singular: en el marco de una boda, a propósito de la improvisación de unos jóvenes esposos, gracias a la observación femenina y a la obediencia materna de María, Jesús pudo adelantar su hora. Su milagro salvó la fiesta en la boda (y del ridículo a unos novios), pero sobre todo convirtió a unos curiosos que seguían a Jesús en discípulos creyentes.

Donde esté María la fiesta está asegurada. La comunidad de discípulos nació donde una mujer advirtió una carencia material que imposibilitaba la alegría. ¿Qué no nos estaremos perdiendo, habiendo perdido de vista en nuestra vida a la madre de Jesús? ¿O no es verdad que vivir con gozo y con fe se nos está haciendo menos fácil?

Los primeros discípulos gozaron de la presencia de Jesús, con la alegría de una familia que inauguraba ilusiones y vida en común, aún antes de convertirse en creyentes: antes de llegar a la fe, compartieron la alegría con Jesús, una alegría profundamente humana, la alegría de unos recién casados. Ser sensibles ante el amor humano de los otros, participar en el gozo de los demás, compartir sus ilusiones, aunque sea sufriendo su imprevisión y las carencias, es un camino para creer en Jesús: el discípulo no debe volverse ajeno a la vida de los demás ni a sus alegrías, pero tendrá que compartirlas con Jesús. Quien se deja invitar por Jesús a participar junto a él en los acontecimientos felices de la vida, presencia el milagro que convertirá a su maestro en su Señor.

Para orar con la Palabra
Hoy quiero dirigirme a ti, María, madre de mi Señor. Porque de no haber sido por ti, que descubriste la falta de vino en aquella casa y enseguida fuiste a decírselo a Jesús, él no hubiera realizado el milagro y la alegría de la fiesta habría durado poco. Tú eres quien nos muestra el amor materno de Dios y quien nos alerta del peligro que amenaza la alegría. No te amilanaste por la contestación de Jesús sino que buscaste gente obediente; pues sabes que, haciendo lo que él diga, permites que intervenga dando el vino en abundancia y asegurando la fiesta.

Tú fuiste la que vivió confiada a él y moviste a los demás para que se fíen de tu hijo, obedeciéndole: “hagan lo que él les diga”. Ayúdame a creer en tu hijo. A obedecerle. María me haces falta porque no tengo muchas cosas necesarias. Qué te digo a ti que eres tan observadora: la escasez con que vivo mi fe, la imposibilidad para asegurarme el gozo, la ilusión en mi interior…

Los de Caná nada hicieron para que intervinieras. Simplemente te invitaron. Yo te invito porque sé que te ocupas de mí, también de mis defectos y carencias. Te invito porque contigo veré más fácil la gloria de Jesús y me quedaré con él. Te invito porque sé que contigo viviré una fe alegre. La comunidad de discípulos nació donde una mujer advirtió una carencia material que imposibilitaba la alegría y donde la madre, a pesar del primer rechazo de su hijo, enseñó a sus siervos la obediencia. Quédate María con nosotros e auxílianos en nuestra vida creyente. Amén


Bautismo CLucas 3:15-16, 21-22  Descargar PDF


15 Como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo;
16 respondió Juan a todos, diciendo: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego.
21 Sucedió que cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo,
22 y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado.»

 

Para comprender la Palabra
Nuestro texto está formado por dos relatos diferentes: a) el primero, vv. 15-16 precisa la diferencia que existe entre el bautismo de Juan (con agua) y el de Cristo (en el Espíritu). b) El segundo, vv. 21-22 desvela toda la profundidad del bautismo de Jesús tal como se vive dentro de la Iglesia.

El Bautismo de Juan se mueve en la línea de los ritos de purificación del judaísmo de aquel tiempo: invita a los hombres a la renovación total de su existencia y les mantiene en la esperanza del juicio, representado en la irrupción recreadora del Espíritu. La Iglesia sabe que la verdad de esa esperanza se ha cumplido ya en Jesús: por eso bautiza a los hombres con el Espíritu Santo y con fuego, es decir, les introduce en ámbito del juicio destructor (fuego) y transformante (Espíritu).

Toda la realidad del bautismo que Jesús ofrece a los hombres se encuentra contenida de un modo ejemplar y supremo en su propio bautismo. La antigua tradición refiere que Jesús recibió el bautismo que impartía Juan y añade que en este momento se vino a desvelar su cometido de enviado apocalíptico de Dios: el cielo se abrió, vino el Espíritu y Dios le proclamó su siervo, hijo o enviado (Cf. Mc 1, 10-11). El evangelio de Lucas remodela el sentido de los datos. Ya no le importa Juan y prescinde de su figura. La abertura del cielo no es signo del final del tiempo, sino un modo necesario para que el Espíritu descienda. Todo se ha centrado en ese Espíritu y en la voz del cielo (Padre) que proclama a Jesús como su Hijo. Aquí se centra la base y el sentido del bautismo de la Iglesia.

El bautismo constituye antes que nada una revelación o epifanía de Dios en Jesucristo. Jesús se manifiesta desde entonces como el “Hijo”. Esto no quiere decir que antes no lo fuera; simplemente afirma que en el fondo de la vida de Jesús hay un misterio que sólo se comprende a través de Dios y de su Espíritu. Dios es desde ahora aquel que se ha venido a manifestar en Jesús como su “Hijo”. Dios ‘adopta’ a Jesús, como adoptaba a los reyes de Israel en el momento de su coronación, constituyéndoles representantes suyos ante el mundo. Los reyes recibían su función al ser ungidos con aceite. Jesús, al recibir toda la fuerza de Dios, que es el Espíritu; por eso se le llama ungido (mesías).

Pero Jesús no es un ungido más entre los otros. Jesús ha recibido toda la presencia del Espíritu y, por eso, es de verdad “el Hijo”, es decir, aquél a quien Dios escoge de una forma definitiva, aquél en quien Dios se ha hecho presente de manera insuperable. Por eso, Jesús no es simplemente un hijo de los hombres al que Dios por su bondad acoge y ama. Jesús proviene desde el fondo del misterio de Dios como su Hijo: su expresión y su presencia, su enviado.

El misterio de Jesús implica según eso dos vertientes: a) por un lado, es el Mesías (el ungido), porque tiene la fuerza del Espíritu y realiza su obra entre los hombres (les introduce en la urgencia escatológica del juicio); b) por otro, es Hijo, porque se halla cerca de su Padre, ha recibido su palabra creadora (“tú eres mi Hijo”) y le hace presente sobre el mundo.

De todo esto debemos sacar dos conclusiones: a) la primera pertenece al campo de la fe: somos cristianos los que en el fondo en Jesús descubrimos el amor del Padre que le envía y la fuerza del Espíritu que actúa por medio de su obra; b) la segunda nos introduce en la práctica: aceptar el bautismo de Jesús (3, 16) significa recibir su “Espíritu” (de gracia y exigencia) como la verdad definitiva, el juicio de Dios sobre la historia. Y no olvidemos que a esto se llega a través del bautismo de conversión que Juan ha proclamado un día en medio de su pueblo.

 

Para escuchar la Palabra
La primera lección que nos da hoy Jesús, queriendo recibir el bautismo de agua – él, que no lo necesitaba; él, que podía bautizar con Espíritu y fuego – es su empeño, en obediencia al Padre, de volverse en todo semejante a nosotros. Para hacernos menos penosa su llamada a la conversión, se solidariza con nosotros pecadores. Aparenta estar necesitado de salvación para ofrecérnosla. Porque quien ama no duda en ponerse al nivel del amado. Y Dios se declara Padre de aquel que conoce su querer y lo realiza. Jesús se solidarizó con toda aquella gente que intentaba volver a Dios y, convirtiéndose a Dios, deseaba ponerle en el centro de sus vidas. Reconocer el propio pecado y la necesidad de vuelta a Dios nos consigue ser reconocidos hijos de Dios. ¿Reconozco mi pecado? ¿Soy dócil convirtiéndome a Dios? Si son aceptadas y confesadas nuestras faltas y limitaciones no nos apartan de Dios, más bien nos lo acercan, y no como juez temible sino cual Padre bondadoso. Es necesario convertirme a Dios para que él se convierta en mi Padre.

¿Cómo vivo mi bautismo? ¿Me voy configurando a Cristo Jesús? ¿Pienso, siento y actúo como él? Asumir su persona y su estilo de vida, asumir su causa y su mensaje es el camino para recuperarnos como discípulos suyos contando con su Espíritu y con su Padre. No lo olvidemos.

Para orar con la Palabra

“Tú eres mi Hijo amado, a quien he elegido”. ¡Qué palabras tan hermosas, Padre! La felicidad de Jesús es la tuya. La pasión por el Reino, tu pasión. El corazón de Jesús, el tuyo. En todo lo que él diga y haga allí estarás como buen Padre respaldándole con tu amor. Y es que eres misterio de amor y comunión y de entrega sin límites. Tú has amado a tu Hijo y en amor nos lo has enviado como tu elegido y hermano mayor. Él obediente y lleno de amor se hizo el último de todo, pero jamás renunció a lo más grande e íntimo, a oír tu lenguaje callado de amor paterno. Jesús nos dirá que aun en nuestras mayores pobrezas seremos ricos si mantenemos encendida en nuestro corazón la brasa que nos recuerda el amor loco que tú, Padre, nos tienes y si le amamos “como un amante ama a su amada”.

Señor, que teniendo experiencia de tu amor contemple a los demás como habitados por tu gloria divina, vestidos por tu hermosura divina, con esa dignidad que nunca debe ser pisoteada ni ignorada. Hoy oro, como oraba Jesús, tu Hijo, sabiéndome hijo en Él y tu elegido… y tomando la Escritura del Cántico de los cánticos exclamo: “mi amado es para mí y yo soy para mi amado” (Cant 2, 16), “buscaré al amor de mi alma” (Cant 3, 1), “ponme como sello en tu corazón, como un sello en tu brazo” (Cant 8, 6), “que es fuerte el amor como la muerte. Las aguas torrenciales no pondrán apagar el amor” (Cant 8, 6).

 

 

 

4Dom Adviento C Lc 1, 39-45  Descargar PDF

39 En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá;
40 entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
41 Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo;
42 y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno;
43 y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?
44 Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno.
45 ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»

 

Para comprender la Palabra

En la anunciación el Ángel había anunciado a María que su hijo sería efecto del Espíritu; y, por otro lado, le ofrece como signo, de que para Dios no hay imposible, el hecho de que Isabel, aun siendo anciana, haya concebido. El texto muestra que María acepta el signo sin dudarlo y se apresura a visitar a su pariente. Este parentesco, entre María e Isabel, es el reflejo de la unión de sus caminos: Isabel exalta la grandeza de María, Juan prepara la venida de Jesús; todos realizan la misma obra de Dios y han venido a encontrarse en el comienzo de sus vidas. Pero, dentro del parentesco, existe una diferencia fundamental. Isabel y Juan se encuentra del lado de acá, en el campo de la espera de los hombres (Antiguo Testamento). María, en cambio, pertenece al plano de la fe que Dios hace fecunda; Jesús es la presencia decisiva de Dios entre los hombres; por eso, siendo humanos, inauguran la verdad del Reino.


La intención del evangelista de poner este acontecimiento es unir desde el principio los destinos del Bautista y de Jesús, señalando, al mismo tiempo, sus grandes diferencias. Al recibir la visita de Jesús, ya concebido, Juan se alegra desde el vientre de su madre; su gozo ha condensado todo el gozo del auténtico Israel que exulta en la venida de su Cristo. Es semejante la relación que se establece entre las madres. Isabel, que continúa anclada en el antiguo testamento, glorifica a su pariente María, que, por medio de la fe, se ha convertido en comienzo de la nueva humanidad de los salvados. Isabel es el símbolo del Antiguo Testamento que ha cumplido plenamente su camino. Igual que las antiguas madres de su pueblo, se nos dice que estéril y es anciana (Lc 1, 6-7), cerrada en sus poderes, la historia de los hombres se encuentra seca. Pero Dios ha intervenido y la fecunda, Dios hace posible que en el vientre de Isabel nazca la vida (Lc 1, 24). Juan, el fruto de su fecundidad, será la meta de todos los posibles caminos de los hombres. La historia de los hombres es incapaz de transponer este lindero. Al final de sus posibilidades está Isabel que prorrumpe en alabanza ante María, está el Bautista que se alegra por el Cristo.

La obra de Dios en María ha transcendido todos los caminos de los hombres. Aunque impulsado por Dios, el nacimiento de Juan era algo humano. La concepción de Jesús es diferente: las posibilidades humanas se han revelado insuficientes; por eso actúa el Espíritu Santo y por eso lo que nace es el mismo “Hijo de Dios” (1, 35). Eso significa que la historia de Dios se ha introducido en nuestra historia, transformándola internamente. En este contexto se entiende la alabanza de Isabel: María es dichosa por haber creído (1, 45), es decir, porque ha dejado que el Espíritu de Dios se adueñe de su vida y la fecunde. Es “bendita entre las mujeres” porque en ella la fecundidad de toda nuestra historia, reflejada en la maternidad de la mujer, queda asumida en la misma “fecundidad de Dios, que hace nacer al ‘Hijo’ en forma humana”. Todo concluye en la “bendición del fruto de su vientre”, es decir, en el misterio de una fe que se halla abierta hacia Jesús. Aquí termina todo el Antiguo Testamento; aquí comienza el mundo nuevo de la bendición de Dios, que se refleja en la respuesta de María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador”.

Para escuchar la Palabra
La visita de María llena a Isabel del mismo Espíritu que la ha hecho a ella madre aun siendo virgen. Isabel felicita a María porque “ha creído”: ¿me siento feliz de ser creyente? ¿En qué aspectos la fe de María puede ser modelo para mi fe? María llevó a Dios a la vida de su prójimo ya que ella le permitió entrar en su vida. Ella es el arca de la alianza que lleva la presencia de Dios porque la ha aceptado. ¿Qué comunico a los demás como creyente? ¿Qué puedo hacer para que la salvación de Dios siga visitando y alegrando a quienes más lo necesitan? María acepta el plan de Dios declarándose sierva y una vez contando con la presencia de Dios se puso en camino para ponerse al servicio de quien la necesitaba. Lo primero que hizo, apenas hubo comenzado a concebir a Dios en su seno, fue irse con prisas a casa de quien iba a ser madre antes que ella. No supo esperar a Dios tranquilamente a solas con los brazos cruzados, insensible a otras maternidades menos importantes.

Sintiendo a Dios en su interior, no se pudo sentir liberada de la necesidad de su pariente. Precisamente porque Dios se le estaba haciendo niño en su seno, tuvo que ponerse a disposición de otra futura madre y de otro niño que, como su propio hijo, estaba aún por nacer. María vivió su estado de buena esperanza, haciendo el bien a quien, como ella, también esperaba a ser madre por gracia de Dios. ¿Qué me enseña esa disponibilidad a la hora de revisar mi compromiso cristiano? Ella nos enseña la forma auténtica de esperar a Dios; acercarse a quien necesita de nuestra ayuda y ponerse a su disposición es el modo mariano de preparar la Navidad. La espera no es un inútil pasatiempo. No se espera bien a Dios quien no hace el bien a los demás. Y la mejor forma de evidenciar la aceptación de Dios en nuestra vida, que está siendo parte de nosotros, es nuestra apertura y servicio a los demás.

Para orar con la Palabra
Me quedo maravillado, Señor, de la forma en que entras en nuestra vida. Rondas buscando creyentes que te presten vida y fe como María. Te agradezco tu inmensa confianza, tanto más gratuita cuanto menos merecida y peor respondida. Desde María me sorprendo de ti y de tu plan.

Llegar a ser tu familiar es el destino posible para cualquier creyente que ose fiarse de ti como lo hizo María. Quiero intentarlo para ser ocasión de gracia y motivo de alegría para los demás como ella. Lleva a Dios a la vida de su prójimo, quien te ha permitido entrar en su vida.

En María te fuiste haciendo hombre mientras ella se fiaba de ti sirviendo. Te atendió mientras atendía a los demás. Hubo la primera Navidad, y la habrá siempre, cuando diciéndote sí nos acerquemos a quien necesita de nuestra ayuda y nos pongamos a su disposición.

No quiero Señor que esta Navidad sea para nosotros días vacíos, alegría sin contenido, fiesta familiar que no logre hacernos familiares tuyos. Y todo porque no supimos esperarte como quieres ser esperado y como María esperó.

Si quieres entrar en nuestro entorno y hacerte nuestro familiar ayúdanos a consentirte en nuestra vida y a servirte en nuestro prójimo.

Porque sigues contando con nosotros para hacerte presente en nuestra historia. ¡Bendito seas, Señor, por las maravillas que obraste en María virgen! ¡Y bendito también porque estarías dispuesto a repetirlas con nosotros, si en nosotros encontraras siervos como María! Sé con nosotros tan grande como fuiste con ella, para que podamos bendecirte como ella, y como ella, ser benditos para siempre. Amén.

 

 

 

 

 

 

 

3 Dom Adviento CLc 3, 10-18  Descargar PDF

10 La gente le preguntaba: «Pues ¿qué debemos hacer?»
11 Y él les respondía: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo.»
12 Vinieron también publicanos a bautizarse, y le dijeron: «Maestro, ¿qué debemos hacer?»
13 El les dijo: «No exijáis más de lo que os está fijado.»
14 Preguntáronle también unos soldados: «Y nosotros ¿qué debemos hacer?» El les dijo: «No hagáis extorsión a nadie, no hagáis denuncias falsas, y contentaos con vuestra soldada.»
15 Como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo;
16 respondió Juan a todos, diciendo: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego.
17 En su mano tiene el bieldo para limpiar su era y recoger el trigo en su granero; pero la paja la quemará con fuego que no se apaga.»
18 Y, con otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Nueva.

 

Para comprender la Palabra

Este evangelio es la continuación casi inmediata del que leíamos la semana anterior. La figura del Bautista sigue ocupando el centro de la escena. El evangelio actual nos presenta el ministerio de predicación de Juan el Bautista y la respuesta del pueblo a su llamado a la conversión. Este texto tiene dos centros principales: a) por un lado se halla la figura de Juan que, retomando las palabras del Antiguo Testamento, anuncia el juicio que se acerca e interpela a todos exigiendo un cambio de conducta; b) por el otro, se muestra el poder de Dios que viene como fuerza transformante en la persona de Jesús, el Mesías de Dios, como juicio de Espíritu y de fuego para el hombre.

Juan ha sido presentado por Lucas como el último profeta de Israel, el nuevo Elías cuya misión consiste en “preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lc 1, 17). La llamada a la conversión por parte del Bautista suscitó una respuesta positiva entre el pueblo, que Lucas ejemplariza en un triple diálogo. Por tres veces aparece la pregunta: “Qué hemos de hacer?” Al anuncio de la inminente irrupción del Señor el pueblo espera una orientación ética. Quien había incitado a la conversión a Dios indica el modo de realizarla, en concreto, mediante una conversión al prójimo. Juan no pide a la gente que adopte un estilo de vida, ni exige una radicalidad extraordinaria. La relación interpersonal, renovada, es consecuencia y prueba de una relación renovada con Dios. Pero no se trata de frutos específicamente religiosos, puesto que no se menciona la observancia de la ley ni las oraciones, sacrificios, votos o actos de piedad propios del judaísmo. La conversión se concreta en la relación fraterna con el prójimo, en la práctica de la justicia, en la renuncia a la violencia y en la ética profesional, que son dimensiones que implican a cualquier ser humano. El Interés desinteresado por el prójimo es el reto ético que se puede dar a un judío o a un pagano. El camino de la salvación está abierto a todos. El regreso al Padre pasa por la recuperación de la fraternidad. Hay que empezar por lo más cotidiano – como el vestido y el alimento -. Cada uno, según su condición, busque aquello que precise un reajuste moral en su vida: los publicanos, la justicia y los militares, la honestidad (ni unos ni otros obligatoriamente judíos). La buena noticia entraña una exigencia nítida: los que tienen bienes o poder deben compartirlos con los que no tienen nada o son más débiles.

La segunda parte del texto nos señala que algunos depositaron sus expectativas en Juan por lo que aparece en él mismo la confesión: el “Mesías” que espera el pueblo es “el que está por llegar” y es “el más fuerte”. Tras Juan vendrá uno que no sólo llamará a la conversión, sino que la hará posible con el bautismo del Espíritu. Juan imagina al Mesías como juez definitivo que vendrá a separar a los buenos de los malos – el trigo de la paja – para dar a cada uno su merecido. En cambio, el ministerio histórico de Jesús se caracterizó por la práctica liberadora de la misericordia y no por amenaza de un juicio inminente. Por eso más tarde el mismo Bautista se muestra desconcertado y manda preguntar si es él, Jesús, el Mesías (cf. 7, 18-30). Lucas presenta al Bautista con un carácter apocalíptico con algunas palabras (cf. Lc 3, 7.9.17) y concluye su presentación declarándolo pregonero de la Buena Noticia.

Para escuchar la Palabra
Este domingo es conocido como el domingo de la alegría ya que sabemos cercano a Dios a pesar de la prueba. La alegría del cristiano es la alegría del que espera que Dios sea más grande que su propia necesidad. Es el gozo de sentirnos sus hijos queridos, sin querernos libres de toda dificultad o tentación. ¿Por qué vamos a ser siempre los cristianos quienes más nos distinguimos por la adustez de nuestras caras, por las prohibiciones continuas, por el recelo ante los desconocidos, por el alejamiento, cuando no condena, de cuantos no son o piensan como nosotros? ¿Cómo anhela mi corazón al Señor? ¿Qué provoca en mí saber que está próximo el Señor?

La conversión que Dios nos pide hoy a cuantos le esperamos es la vuelta a la alegría de vivir. Una vida que se pasa aumentando la esperanza a través de la caridad al prójimo no es una vida acabada, sin salida. ¿Cuáles serán los gestos de conversión al prójimo para avivar nuestra esperanza en la llegada del Señor? “¿Qué tenemos que hacer?”

Los que oyeron al Bautista siguieron al siervo; tendrán que ver a su Señor, para experimentar lo que es bueno. Cualquier voz que nos hable de nuestro Dios, no es todavía la voz del Señor que nos habla. Ni cuanto nos dicen sus precursores se identifica con lo que nos dirá. Pero oír a quien hable en su nombre, alienta la esperanza de oírle a Él un día. Si se echa de menos al Señor, al menos se podría pasar el tiempo escuchando a cuantos de Él nos hablen. ¿Reconozco su llamada a través de sus mediaciones? ¿Soy mediador de Dios ayudando a los de mi entorno a encontrarse con él?

Para orar con la palabra
Señor, deseo el gozo y parece que estoy condenado a no encontrarlo. A veces me diera la impresión, que esperándolo, hubiera sido más grande la espera que su duración; mayores los esfuerzos previos que la satisfacción conseguida. Anhelo la alegría y arrincono esa sensación en unas pocas horas de la semana, en unos pocos días del año, en unos pocos meses en mi vida. Todos buscamos con afán, y a veces hasta con ingenio, alegría y logramos a lo sumo alguna distracción o algo de evasión. Me da la impresión, Señor, que en la sociedad se alquila la alegría por horas, se la confunde con la despreocupación y el ocio inútil, o lo que es peor, con el desinterés por los demás.

Quiero, Señor, comprender y vivir la auténtica alegría. Esa que surge como consecuencia de saberme amado por Ti. Tan interesado estás conmigo que me anuncias que vienes a mi encuentro. Tan importante nuestra historia que quieres hacerte presente.

Sé, en la fe, que habitas en nosotros, me aseguras una alegría que nadie puede arrebatarme, ni yo puedo construir. Desde ti y contigo confieso que tengo razones para vivir con alegría. A pesar de todo lo malo que pueda haber en nuestro entorno, a pesar de lo malo que podamos aún ser, tenemos razones para vivir con gozo. Porque Tú nos amas y vienes a nosotros.

Haz brotar en mi interior esa alegría por saberte cercano. Necesito ese gozo de saberme hijo querido aún en medio de dificultades o tentaciones. Una vida que se pasa aumentando la esperanza no es una vida acabada, sin salida. Tenerte cercano me mantendrá atareado preparando tu venida. Haz surgir en mí ese gozo de tenerte cercano y al alcance.