30 de Octubre - San Germán de Capua, obispo

imagen-santo-del-dia
La Iglesia llevaba casi cuarenta años dividida. Germán fue el hombre que el papa eligió para reunirla. Germán nació en Capua, Italia, entre los años 470 y 480, en una familia de la alta sociedad romana. Cuando su padre murió, tomó una decisión que a muchos les parecería absurda: vendió todo lo que tenía, con el consentimiento de su madre, para dedicarse por completo a la vida de oración y al estudio de las Sagradas Escrituras. La comunidad cristiana de Capua lo eligió obispo alrededor del año 519. Germán no lo buscó ni lo quiso: solo aceptó después de mucha insistencia. Pero fue precisamente ese perfil —un hombre sin ambición de poder, con profundidad espiritual y una capacidad notable para el diálogo— lo que lo hizo la persona indicada para una de las misiones más difíciles de su época. El papa Hormisdas lo envió como jefe de una delegación a Constantinopla para poner fin al cisma acaciano, una ruptura que durante casi cuarenta años había dividido a la Iglesia de Oriente y la de Occidente. El conflicto había comenzado en el año 482, cuando el emperador Zenón y el patriarca Acacio intentaron imponer un decreto llamado Henotikón para reconciliar posiciones teológicas opuestas, pero Roma lo rechazó y excomulgó a Acacio. Desde entonces, la comunicación entre ambas Iglesias estaba rota. Germán partió hacia Constantinopla entre enero y marzo del 519. Al llegar, fue recibido con honores por Justiniano —entonces un alto funcionario del Imperio— y por el pueblo. Durante la Semana Santa se reunió con el emperador Justino I, el Senado y el patriarca Juan. El resultado fue un éxito: la unidad de la Iglesia se restauró. Germán se quedó más de un año para asegurar que el acuerdo fuera sólido con las demás Iglesias orientales. De vuelta en Capua, ejerció su ministerio pastoral con discreción durante más de veinte años. No fue un obispo de grandes titulares, sino de presencia constante. Murió a inicios del año 541. San Gregorio Magno dejó escrito en sus Diálogos que san Benito de Nursia, estando en oración en el monte Cassino, vio el alma de Germán elevarse al cielo como un globo de fuego. Después confirmó que Germán había muerto exactamente en ese momento. Un hombre que dejó todo, sirvió sin buscarlo y trabajó en silencio por la unidad. A veces los santos más grandes son los que menos ruido hacen.